¡BIENVENIDOS A QARTHADASTH!

En uno de los lugares más hermosos de la costa mediterránea africana existió en otro tiempo una ciudad cosmopolita, próspera y orgullosa. Durante siglos dominó los mares hasta ser vencida primero y destruida, después, por la que se había transformado en su gran adversaria, Roma. Fundada por fenicios de Tiro en el último cuarto del siglo XI a. C., se convirtió en el centro de una gran y poderosa confederación marítima y, más tarde, en un estado agrario de grandes dimensiones territoriales. Su cultura, mezcla fecunda de influencias y experiencias de distinto origen, africanas, egipcias, etruscas, griegas, aunque de fuertes raíces orientales, trascendió sus límites urbanos para impregnar profundamente buena parte del Africa nordoccidental, perviviendo en algunas diversas manifestaciones varios siglos después de haber desaparecido. Su nombre en lengua fenicia, Qart Hadasht, fue traducido por los griegos como Karjedón y por los romanos en Cartago.

Su evolución política la llevó desde un sistema oligárquico dirigido por una serie de familias principales que presumiblemente descendían de los primeros colonizadores a otro de corte aristocrático, soportando en el siglo VI a. C. el intento de instaurar una tiranía y padeciendo el papel preponderante de los Magónidas -en muchos aspectos similar al de los tiranos griegos- hasta alcanzar finalmente una "república aristocrática", y, tras un postrero intento de golpe de estado, una democracia parangonable hasta cierto punto a la romana. Su propia proyección externa, en fin, realizada hasta el siglo III a. C. con métodos que primaban en muchos casos las alianzas y pactos desiguales sobre la conquista y la agresión directa está más cerca de las polis mediterráneas que de un imperio militar y expansivo.

En el curso de su historia los cartagineses alcanzaron un puesto preeminente en el Mediterráneo, llegando a tener una activa presencia en ultramar. Se trataba, sobre todo, de comercio, lo que exigía garantizar a comerciantes y mercaderes el acceso a los puertos, propios o ajenos, frente a amenazas como la piratería o la presencia de extranjeros hostiles, que entonces eran muy reales, en un contexto en el que la piratería, la guerra corsaria o el comercio pacífico no eran actividades incompatibles para quien las practicara.

Así que los cartagineses se afanaron en una una serie de tratados y alianzas recíprocas buscando la seguridad, pero que con el tiempo se tornaron desiguales por el predominio marítimo alcanzado por Cartago, creando de esta forma las condiciones para una supremacía, no sólo técnica sino también política, que les permitía garantizar la protección del comercio de sus aliados y, por tanto, presionarles circustancialmente, así como influir notablemente en la configuración de las relaciones externas. Una política similar a la que, un siglo más tarde, pondrían en marcha los atenienses al frente de la Liga de Delos sin recurrir tampoco, salvo circustancialmente, a la conquista y a la violencia directa.

Destruida de forma inmisericorde Cartago sobrevivió, sin embargo, a su ruina en el espíritu de sus gentes, en su lengua, sus costumbres, sus creencias religiosas. Tras su destrucción por las tropas de Escipión en la primavera de 146 a. C. fue reconstruida, casi cien años más tarde, como colonia romana, para convertirse en la capital de la nueva provincia. Bajo la dinastía de los Severos vivió la Cartago romana su época de esplendor. En el 439 fue ocupada por los vándalos, que luego serían expulsados por los bizantinos. La segunda y definitiva destrucción ocurrió en el 698 con la ocupación árabe de las tropas del califa Abd el- Melek. Pero durante todo este tiempo la Cartago púnica no se había aún extinguido por completo.

Sabemos por una inscripción neopúnica que los ciudadanos de Mactar, a los que en otros documentos epigráficos se les aplica aún el título púnico de baalim, los “notables”, habían consagrado un santuario a Astarté, que seguiría siendo adorada como Venus. Tanit, la vieja diosa tutelar de Cartago, adoptó el nombre de Juno Caelestis y Ba`al Hammon el de Saturno, divinidad que gozó de una enorme popularidad en el Africa romana, sobre todo en los medios rurales.

Si las ideas y creencias religiosas pervivieron es porque la lengua y el pensamiento no habían desaparecido. Durante al menos otros dos siglos y medio después de la destrucción de la ciudad siguió utilizándose en el norte de Africa una escritura “neopúnica” cursiva. Luego, cuando a finales del siglo I, se perdió definitivamente, se siguió escribiendo púnico aunque en caracteres latinos, como demuestran las inscripciones procedentes de la Tripolitania. La lengua de Cartago se seguía hablando en muchas partes.

A comienzos del siglo V, San Agustín, otro ilustre africano, la consideraba, al igual que el latín, la lengua de los cristianos de Africa. El mismo poseía algunos conocimientos de ella, condición necesaria para ejercer el sacerdocio entre las poblaciones rurales de su país. El obispo de Hipona también nos cuenta que, en una ocasión, al interrogar a sus paisanos sobre su identidad, estos le respondieron en lengua púnica que eran “cananeos”.

La influencia de la agricultura púnica alcanzó asimismo la época árabe, en parte porque los romanos de manera muy pragmática se apresuraron a traducir al latín la obra de agronomía de Magón, con el fin de rentabilizar al máximo sus recientes conquistas africanas, con lo que los preceptos de la agricultura cartaginesa se siguieron aplicando sobre las mismas tierras, aunque con distintos dueños, y en parte porque de las distintas traducciones, al latín y al griego, de aquella obra algo llegó a través del tratado de Ibn al-Awan, escrito en el siglo XI.

Tampoco las instituciones cartaginesas desaparecieron tras la conquista romana. En Mactar, que en otro tiempo había sido el centro administrativo de uno de los distritos territoriales del “imperio” africano de Cartago, aún en la segunda mitad del siglo I los magistrados municipales eran sufetes, lo que también ocurría en otros lugares como Thugga, Leptis Magna o Cirta. La antroponimia revela igualmente esta pervivencia, bajo el manto aparente de la romanización, de la vieja cultura púnica. No es difícil encontrar en la onomástica del Africa romana de los primeros siglos de nuestra era nombres púnicos, junto con otros de ascendencia africana. La presencia cartaginesa, de más de mil años de antigüedad, se mantenía con éxito en los que habían sido los territorios de Cartago, a pesar del triunfo militar y político de Roma.

Prejuicios antiguos y modernos

Existe toda una tradición historiográfica, que nace en la propia Antigüedad, en unos ambientes muy determinados relacionados con la tirania siciliota, empeñada en presentar a Cartago y sus gentes como un pueblo bárbaro y hostil, que ambicionaba dominar a los griegos. Una Persia de Occidente, frente a la que había que actuar como ante la amenaza oriental.

Fue el mismo Heródoto el primero que, en el siglo V a. C., denominó “bárbaros” a los cartagineses, aunque poniéndolo en boca de Gelón, tirano de Siracusa y enemigo de la ciudad griega de Himera, personaje por el que no muestra por cierto ninguna simpatía. Nada sabe aún el historiador de Halicarnaso de la existencia de una alianza entre los persas y los cartagineses. Respecto al sincronismo entre la batalla de Himera y la de Salamina, comenta que lo ha escuchado en Sicilia, y no le da más crédito que el que merece una simple coincidencia.

Unos diez años después de Himera escribía el poeta griego Píndaro su primera Pítica, para celebrar la reciente victoria en los juegos de Delfos de Hieron, tirano de Siracusa, hermano y sucesor de Gelón, que había extendido su poder sobre casi toda la Sicilia griega. En ella estableció, con un carácter marcadamente propagandístico, un paralelo entre aquel conflicto y la victoria obtenida en Cumas sobre los etruscos con los éxitos de los griegos contra los persas. De paso, invocaba, como se ha hecho tantas veces, el peligro externo que representaban los cartagineses y los etruscos, para justificar y legitimar el poder autócrata del tirano que lo había acogido.

Ya en el siglo IV a. C., Éforo, nacido en la misma Cumas, atribuyó la sincronía Himera-Salamina a una acción concertada entre persas y cartagineses, muy influido como estaba por la doctrina panhelénica del filósofo Isócrates, que propugnaba la unión de todos los griegos para hacer la guerra contra los persas. Y en la siguiente centuria, Timeo de Taormina, un griego siciliota declaradamente anticartaginés, creó en gran parte la imagen prototípica del detestable púnico, que se estableció desde entonces en la mente de muchos de sus compatriotas.

Más tarde, en el siglo I a. C., cuando ya habían tenido lugar las tres grandes guerras entre Cartago y Roma, Diodoro de Sicilia, deudor en gran medida de Timeo, retomaba de nuevo la idea de una alianza entre persas y cartagineses y realizaba una amplia exposición de las pretensiones de Cartago sobre Sicilia. No obstante, como era un concienzudo recopilador, dio noticia también de la existencia de facciones procartaginesas en las ciudades griegas de Selinunte y Agrigento hacia finales del siglo V a. C. y nos muestra como los conflictos posteriores fueron provocados por algunos personajes griegos a los que movía la ambición de poder, como Harmócrates o Dionisio de Siracusa, tomando totalmente por sorpresa a los cartagineses. También menciona la política de este último, convertido ya en tirano, que hizo cundir el descontento entre los griegos de la isla, muchos de los cuales se refugiaron en las ciudades fenicias de su región occidental, aliadas de Cartago, a fin de preservar su libertad. Así que, sin pretenderlo, nos abre las puertas a otro modo de ver las cosas.

Los romanos y quienes escribieron para ellos comprendieron que resultaba más sencillo cargar las culpas, no sobre Cartago en conjunto, sino sobre una familia de sus más afamados y prestigiosos generales. Así lo hizo Polibio, un liberto griego que se convirtió en ferviente partidario de Roma y en propagandista de los Escipiones. Resulta curioso y a la vez significativo comprobar como cuanto más antiguas son las fuentes romanas, hombres como Celio Antípater, Fabio Pictor, o el mismo Polibio, menos desfavorables resultan en su tratamiento de Amílcar Barca y su hijo Aníbal, mientras que las más tardías, Tito Livio, Valerio Máximo, Apiano o Cornelio Nepote, son cada vez más negativas, hasta llegar al estereotipo que nos presenta a Aníbal como un hombre, impío, cruel y pérfido, un auténtico, diríamos hoy, criminal de guerra.

Así pues, la imagen convencional que tenemos de Cartago y sus gentes, de su cultura y su historia, está condicionada en gran medida por una tradición marcadamente anticartaginesa que perdura desde la misma Antigüedad. Esta tradición, que pretende igualar a los cartagineses con otros pueblos "bárbaros", como los persas, considerándolos una amenaza para los griegos, fue elaborada y difundida por autores como, Píndaro, Éforo, Isócrates, Diodoro, Polibio y Plutarco, afianzándose de forma irreversible tras la victoria de Roma sobre Cartago y, como no, con la pérdida de los escritos cartagineses. Una visión tan negativa de aquel pueblo no fue compartida por otros autores de la Antigüedad como Heródoto, Tucídides, Eratóstenes o el mismo Aristóteles, y parece hoy ciertamente exagerada. Pero finalmente los romanos, que la tomaron de los griegos, impusieron su propio punto de vista, ayudados por sus victorias en el campo de batalla.

En muchas ocasiones vemos a las gentes de Cartago a través del estereotipo de comerciantes taimados, a los que solo mueve el afán de lucro. No sólo la opinión pública comparte este tópico, sino que muchos estudiosos del tema, y otros intelectuales, lo han hecho suyo sin el menor reparo. Citemos como ejemplo célebre a Chateaubriand, quien dice lo siguiente de los cartagineses:

"Sus principios militares se diferenciaban también esencialmente de los que dominaban en su siglo. Aquellos comerciantes africanos, encerrados en sus despachos, encomendaban a ciertas tropas mercenarias el cuidado de defender la patria. Compraban la sangre a precio de oro, adquirido con el sudor de la frente de sus esclavos, y de este modo convertían en provecho propio el furor y la imbecilidad de la raza humana.
Más lo que distinguía particularmente a los habitantes de las tierras púnicas, era su carácter mercantil. Ya habían enviado colonias a España. a Cerdeña a Sicilia y a lo largo de las costas del continente de Africa, cuya vasta circunferencia se habían atrevido a medir y hasta se habían aventurado a penetrar en el borrascoso mar de las Galias, descubriendo las islas Casitérides. A pesar del imperfecto estado de la navegación, la avaricia, más poderosa que las invenciones humanas, les había servido de brújula en los desiertos del océano".
(Historia de la revoluciones antiguas, Buenos Aires, 1945, p. 82).

Al igual que otros antes y después que él, Chateaubriand ha escuchado la voz de Roma y la de los enemigos de los cartagineses, sin prestar atención a quienes protagonizan su relato. No podía ser de otra forma, porque la voz de Cartago había sido silenciada para siempre. Lo que ha sido descrito como el “gran naufragio histórico de la literatura cartaginesa”, que implica el de su historia, contada casi siempre por sus rivales, nos impide conocer su punto de vista. Por eso la mayor parte de la gente no es responsable de muchos de estos estereotipos.

Tampoco toda la responsabilidad es de los autores antiguos y de sus particulares puntos de vista. Como ha puesto de relieve V. Krings, una serie de episodios locales, que unas veces ocurren en el N. de Africa, como el del espartano Dorio y su frustrado intento de fundar una colonia en la Sirte, el de Pentatlo en la Sicilia occidental, o el de Alalia, frente a las costas de Córcega, han sido redimensionados por la historiografía moderna atribuyéndoles un alcance que los textos antiguos no les conceden en momento alguno.

Sirvan como colofón estas palabras del gran historiador actual de Cartago W. Huss:

"Sin embargo, seguramente eran infundados los reproches generalizados y amplificados que griegos y romanos dirigían a los púnicos. Por lo demás, de los testimonios epigráficos y arqueológicos procedentes de Cartago hay que deducir que los valores de justicia, fraternidad, sentido familiar y religiosidad alcanzaron en la vida de este pueblo elevadas cotas"  (Los cartagineses, Madrid 1993, p. 32).

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El debate en torno al "molk" (II)

La polémica.
Atribuir a los tofets el carácter de necrópolis infantiles introduce, no obstante, nuevas incógnitas, ya que hay que explicar entonces el sentido votivo y no funerario de las inscripciones y la presencia de urnas que sólo tienen restos de animales, lo que pretende resolverse mediante el carácter iniciático de los rituales funerarios que allí habrían tenido lugar, de tal forma que los tofets resultarían espacios funerarios destinados a un rito específico de iniciación reservado a los niños de corta edad que fallecían por causas naturales, y no santuarios donde se practicaran sacrificios.

Por otra parte, el supuesto carácter iniciático del molk no tiene por que contradecir su naturaleza cruenta. Además, en contra de algunas pretensiones de ver un elevado numero de fetos entre las incineraciones infantiles de los tofets, como argumento de apoyo a la hipótesis funeraria, es preciso señalar que no hay manera de distinguir entre un niño nacido muerto prematuramente y uno que muere al poco de nacer (Ribichini y Xella, 1994: 82). Además, la evolución por edades que parece darse en algunos sitios, como Cartago, es difícil de explicar desde la perspectiva de la mortalidad infantil. En efecto, se ha observado en el tofet cartaginés que las urnas más antiguas son las que contienen un porcentaje mayor de niños de muy corta edad (prematuros o neonatos), mientras que las más recientes incluyen un mayor número de niños de un año y aún mayores (Stager, 1980: 7). ¿Como explicar tal contraste desde la mortalidad infantil?.


El mismo número de deposiciones en algunos tofets hace ciertamente improbable su utilización como necrópolis infantil, como ocurre en el de Monte Sirai. Igualmente, el escaso porcentaje de incineraciones infantiles observado en Motia en contraste con las deposiciones que sólo contienen restos de animales tampoco parece encajar muy bien con una mortalidad natural que se considera elevada. Por supuesto, todo ello contrasta con los cálculos que se efectúan para Cartago, unas 20.000 urnas entre el 400 y el 200 a. C, que no son sino la extrapolación al conjunto del tofet de la densidad de hallazgos obtenidos por el equipo de arqueólogos norteamericanos bajo la dirección de L. Stager en el sector excavado (1980: 3), pero entonces ¿debemos suponer que algunos tofets funcionaban como necrópolis infantiles mientras que otros no?.

A todo ello se puede aún añadir los datos obtenidos acerca de la posible, aunque discutida estacionalidad de los ritos según la edad de los animales sacrificados y las plantas utilizadas en la combustión, que de comprobarse, en modo alguno encajaría con la hipótesis de las necrópolis de niños. Por el contrario, dicha estacionalidad, de claros indicios equinocciales, podría ser puesta en relación con el carácter y naturaleza de Ba‘al-Hamon, la divinidad masculina que presidía los ritos que tienen lugar en el tofet, "señor del Amanus" y dios de la fertilidad y del cereal, así como de la montaña y de la atmosfera (Lipinski, 1988-90: 229 ss).

Finalmente algunos autores defienden el significado del tofet como santuario y la posibilidad, al mismo tiempo, de que se hayan producido realmente algunas incineraciones cruentas (sacrificios), aquellas que corresponderían a los restos de niños de mayor edad (Ribichini y Xella, 1994: 82 ss). Así, el tofet sería un lugar sagrado donde se realizan ritos diversos presididos por dos divinidades tutelares de la vida familiar, Ba`al Hammon, "señor de la capilla doméstica" y su paredra Tanit, lo que excluiría los holocaustos frecuentes ofrecidos a dioses terribles y sedientos de sangre. Una posición similar ha sido mantenida por otros (Suder, 1991) que, si bien rechazan el carácter de infanticidio generalizado para el sacrificio molk y la mayoría de los restos de las urnas que aparecen en los tofets, consideran sin embargo que no se puede excluir del todo la posibilidad de sacrificios de niños deformes o enfermos.

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El debate en torno al "molk"

El hallazgo de las estelas púnicas y neopúnicas de El-Hofra (Argelia) en el último tercio del siglo XIX marca el inicio de la moderna investigación sobre el sacrificio molk.. Primeramente la atención se había centrado en los textos bíblicos, pero, más tarde, con los descubrimientos en el tofet de Cartago a partir del invierno de 1921, los hallazgos que se iban obteniendo, no exentos de polémica, apoyaban la idea de que el molk era un sacrificio cruento conocido desde antiguo en Fenicia desde donde se había difundido por Israel y el occidente fenicio-púnico. No tardó mucho, sin embargo, en surgir una interpretación que atribuía los restos infantiles del tofet a la alta mortalidad por causas naturales.

Algo después, Deller, basándose en una serie de documentos neoasirios, propuso una interpretación figurativa y no literal de los pasajes bíblicos concernientes a “pasar los hijos e hijas por el fuego”, con lo que el molk quedaba convertido en una especie de sacrificio simbólico y, por supuesto, incruento. Tales ideas, tuvieron, no obstante escasa acogida y los estudiosos siguieron considerando el molk como un sacrificio cruento con pocas excepciones.

¿El final del dios Moloch?.
Por otra parte, Eissfeldt, primero, más tarde Dussaud, y luego Albright y también Fevrier, ayudados por la lectura de las inscripciones que aparecían en Cartago, habían establecido el significado del término molk como un determinado tipo de sacrificio, y no como el nombre de una divinidad, aunque Albright admitía la existencia en el norte de Mesopotamia y de Siria de un dios con este nombre (Muluk o Malik) al que se habían sacrificado niños como prenda de santidad de una promesa. En una posición intermedia de Vaux consideraba que esta palabra había tenido en principio un sentido sacrificial, siendo utilizada luego de forma equivocada en el Antiguo Testamento como un nombre divino debido a una confusión de los redactores hebreos.

Lo cierto es que la tesis de Eissfeldt se apoya sobre todo en la evidencia de las inscripciones púnicas, pero parece que fuerza, en algunos casos, la lectura de los textos bíblicos. Si bien buena parte de los autores que han tratado recientemente el problema se atienen a ella no faltan tampoco en los últimos años quienes han vuelto a encontrar argumentos para defender la existencia de un culto a un dios Moloch/Molech (Weinfeld, 1972; Heider, 1984; Day, 1989) que unas veces ha sido identificado con Ba‘al o el mismo Yahvé, y otras con el dios cananeo Mot, el amonita Milcom, el arameo Adad-milki, o el sirio Hadad.

También hay quien interpreta mlk como "rey" y lo consideran un epíteto de Yahvé, aplicado, asimismo, aunque de forma degradada a otros dioses menores o diablos y hasta quien hace desaparecer la misma palabra molek del texto hebreo más antiguo que sólo conocería el nombre de la divinidad amonita Milcom. No falta tampoco quien considera Molech una divinidad cananea del mundo inferior con sus orígenes en el dios mlk atestiguado en Ugarit que no sería otro que Malik, documentado en Siria y Mesopotamia como una forma de Nergal, el dios infernal del Mesopotamia.

El molk y el sacrificio de los primogénitos.
Pero, si bien se aceptaba la práctica de sacrificios infantiles, se pensaba que eran episódicos y muy esporádicos, produciéndose sobre todo ante situaciones críticas que implicaban grave peligro, como guerras, plagas, hambrunas, etc. y en círculos sociales muy restringidos y próximos a la realeza, según se podía leer, por otra parte, en los testimonios de Filón de Biblos, Diodoro de Sicilia o Q. Curcio Rufo. Además, la identificación del mlk con una versión humana del sacrificio de las primicias, que siguió gozando de crédito, bloqueaba la posibilidad de pensar en términos de infanticidios por motivos demográficos y/o económicos. La confusión provenía en gran parte del paralelo que se establecía con episodios como el sacrificio de Isaac o el del hijo del rey de Moab, y con las prescripciones de Éxodo, 22, 28-29 relativas a la ofrenda de las primicias.

También ha contribuido a la confusión un pasaje de Ezequiel (20.26), que es el único texto bíblico en el que se menciona a los primogénitos como víctimas del mlk. Pero aunque los primogénitos hayan podían ser ofrecidos en el mlk, éste no constituía un sacrificio específico de primogénitos. En este sentido, Lipinski (1988) ha mostrado las discrepancias en los textos bíblicos en el empleo de verbos y términos con sentido sacrificial, según se trate de la ofrenda de los primogénitos o del molk. Tampoco hay argumentos de peso en los autores clásicos, ni en la epigrafía de los tofets para seguir manteniendo la asimilación del mlk con el sacrificio de los primogénitos.

El molk incruento: génesis de la hipótesis funeraria.
Paralelamente, se había comenzado a señalar la ausencia de testimonios del mlk en la misma Fenicia, de donde se suponía que era originario, así como en el precedente Ugarit (Xella, 1978). Según Weinfeld, la presencia del mlk entre los hebreos, bien documentada en el Antiguo Testamento, se debería a la influencia de los asirios y los arameos, lo que ya había sido la opinión de Deller, e identifica el mlk bíblico como una manifestación del culto a Hadad, pero de carácter incruento. Según él se trataba en realidad de sacrificios simbólicos en los que la acción de «pasar por el fuego» debe ser interpretada figurativamente como la consagración de los hijos a la divinidad. También rechaza, por supuesto, toda conexión con los sacrificios infantiles de los fenicios y púnicos, que atribuye a situaciones excepcionales, y por consiguiente poco frecuentes, y que no estarían además institucionalizados.

La réplica de Smith (1975), insistiendo en el carácter cruento del sacrificio fue seguida de un trabajo de Kaufmann (1978) que determinaba la imposibilidad de conciliar el dios Adrammelek bíblico (corregido en Adadmelek por Weinfield) con el Adad-milki asirio, lo que constituía una pieza clave de la argumentación de Weinfeld. Pese a todo, un importante grupo de investigadores (Simonetti, 1983; Moscati, 1987; Ribichini, 1987; Olmo Lete, 1990) ha vuelto a cuestionar el carácter cruento del mlk, y un trabajo de Benichou-Safar (1981) sobre la escasez de enterramientos infantiles en las necrópolis de Cartago ha sido utilizado como punto de partida. Al poco, una reinterpretación de los textos antiguos (Simonetti, 1983) establecía una diferencia entre las noticias, más abundantes, relativas a asesinatos rituales, que habrían sido sumamente episódicos, y las que se refieren a verdaderos a sacrificios humanos. Como muy bien lo ha expresado Amadasi Guzzo (1986: 189 ss): "E infatti particolarmente arduo riuscire ad ammettere che popoli a noi relativamente vicini,sia nel tempo, sia nello spazio, abbiamo regolarmente praticato riti che non ci appaiano giustificabili: limitare il sacrificio dei bambini a casi eccezionali, se nom eliminarlo completamente, apare perciò come uno sgravio di coscienzia“. Así que una interpretación, que ha llegado a contar con un buen número de adeptos establece de nuevo el carácter incruento y simbólico del mlk, mientras que considera a los tofets como necrópolis infantiles.


La supuesta helenización de la religión cartaginesa

Se ha especulado sin demasiada base acerca de una significativa helenización de la religión cartaginesa, pero si es cierto que ésta experimenta una evolución en función de determinadas circunstancias históricas, no lo es menos como señala F. Decret, que las pocas divinidades extranjeras que llegaron a recibir culto en la ciudad, como Deméter y Core, fueron probablemente sometidas a un proceso de reinterpretación con lo que resultaron integradas en el universo religioso púnico sin modificarlo. De hecho no tuvieron repercusión alguna sobre las creencias y prácticas populares.

Los documentos procedentes de las excavaciones, fundamentalmente los ajuares de las tumbas, junto con las estelas funerarias y votivas, nos permiten seguir el procedo de penereación de las influencias griegas en Cartago. Como ha observado G. Garbini este proceso se inicia en el siglo V a. C. Es apartir de entonces cuando las terracotas figuradas, las joyas, los motivos ornamentales, van perdiendo la rigidez hierática de las formas egitizantes que ahbían prevalecido hasta este momento. En las últimas fases de ocupación de las necrópolis de Duimes y Demerch asistimos a la presencia de piezas puramente griegas de la divinidad femenina, sustituyéndo a las imágenes asiáticas de la misma diosa. Durante el siglo IV a. C se hacen corrientes las terracotas figuradas de claro ambiente griego, tanto en la iconografía, como en su ejecuición, algunas probable representación de Demeter o de una diosa similar. En la cerámica importada se advierte una progresiva disminución de la corintia y la estrusca que es reemplazada por piezas de fabricación o inspiración helénica, procedentes de los talleres del sur de Italia y Sicilia.

Las estelas funerarias y votivas presentan estas influencias griegas, patentes en ciertos elementos arquitectónicos, como las capillas con frontones triangulares, acróteras, cornisas denticuladas, pilares columnas, capiteles, y determinados elementos decorativos como las guirnaldas y perlas, o simbólicos, como los trofeos, armas, caduceos delfines y motivos geométricos y vegetales.

También la arquitectura doméstica acusa las influencias procedentes de ambiente griego. En la vertiente S.O. de Byrsa se ha excavado parte de un barrio púnico en el mque las casas tienen algunos elementos de indudable origen helénico, como ciertos tipos de capiteles jónicos y columnas estucadas y acanaladas, pavimentos helenísticos -lithostrata- y una urbanización de calles rectas siguiendo el plano hipodámico. En Kerkouane, la ciudad púnica de Cabo Bon, han aparecido en las casas instalaciones higiénicas de tipo helenístico, pavimentos del mismo carácter, patios peristilos de tipo griego y un sistema de urbanización en torno a calles rectas y largas.

La arquitectura religiosa plantea muchos más problemas. A partir de la segunda mitad del siglo IV a. C y sobre todo de su último tercio, las estelas votivas cartaginesas se adornan con una ornamentación de tipo arquitectónico de dos columnas que sustentan un frontón triangular. Para algunos investigadores se trata de cellae figuradas, representaciones, por tanto, de lo que sería la morada de la divinidad. Auténticos templos.

Por el contrario otros, entre los que destaca A., Lezaine, creen reconocer en ellas el encuadramiento inmediato de las estaua del dios, baldaquines semejantes a aquellos cuyos vestigios se han encontrado en la “capilla” Carton de Salambó y en el santuario de Tuburbus Majus. Cree este autor que no pueden ser templos, dada la ausencia en Cartago de elementos arquitectónicos pertenecientes a frontones triangulares, así como la costumbre fenicia y púnica de rematar los edificios con una cubierta en terraza plana, como también señala S. Lancel, y piensa que es improbable la identificación de los estelas con edificios distilos -próstilos que eran poco apreciados de los griegos y desconocidos en el N. de Africa hasta la conquista romana. Por su parte C. Picard considera que estos obstáculos no son insuperables, pero cree temerario reconstruir las fachadas de los edificios religiosos de Cartago a partir de las elevaciones de las cellae de las estelas.

Un examen pormenorizado de los diversos tipos de documentos que nos han llegado muestra claramente como la helenización en Cartago fue siempre un fenómeno ciertamente superficial y favorecido por el propio carácter cosmopolita de la ciudad, abierta por consiguiente a las principales influencias y modas de las corrientes culturales más pujantes en cada momento. Se trata de un fenómeno de difusión cultural, mediante el cual una sociedad determinada acepta préstamos culturales procedentes del exterior y los integra en su propio sistema de valores que no resulta por ello transformado. La pervivencia de la lengua, la religión y las costumbres así lo demuestra.

En el tofet las inscripciones llevan dedicatorias, igual que antes a Tanit y Baal Hammon, y algunas otras divinidades fenicias, como Baal Shamin. Los nombres teóforos, que conocemos por los textos antiguos y los testimonios epigráficos denotan la presencia exclusiva de divinidades púnicas, como Baal, Eshmun y Melkart. La tipologia de las tumbas permanece inmutable hasta los útimos días de Cartago. Los objetos de la vida cotidiana, como la vajilla más sencilla, no acusan ningún impacto de la influencia griega, y lo mismo puede decirse de la vestimenta, fiel a tradiciones de raigambre oriental, egipcia y chipriota, sobre todo de la masculina.

Aunque la arquitectura pública y privada presenta elementos de indudable procedencia griega, que son fundamentalmente motivos de prestigio, perduran los elementos tradicionales, como la construcción en altura con cubierta a terraza, de los que sabemois por Diodoro y Apiano, así como por pinturas murales y algunos otros objetos que los representan. La lengua se mantuvo, junto con las ideas y prácticas religiosas y el recuerdo de la propia identidad, muco tiempo después de la destrucción de la ciudad por los romanos, de acuerdo con el testimonio de San Agustín que al preguntar a los campesinos de sus país quienes eran, le respondieron en vieja lengua púnica, “cananitas”.

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El culto

No sabemos mucho de las ceremonias religiosas, públicas y privadas, que podían incluir sacrificios y ofrendas, pero las tarifas sacrificiales de Cartago testimonian una precisa organización del culto y los sacrificios. Esta documentación evoca liturgias rígidas, con detalles que nos recuerdan la puntillosa minuciosidad de las prescripciones contenidas en el Levítico. El cumplimiento de los rituales exigia la presencia de todo un personal asistente, como escribas, cantores, músicos, iluminadores, barberos y matarifes. De todas ellas, se puede destacar la de la resurrección de Melkart, entre cuyos oficiantes se hallaban sufetes y grandes sacerdotes, lo que indica que estaba rodeada de fasto y prestigio, a pesar del papel secundario de esta divinidad en el panteón de Cartago.

Los sacrificios, expiatorios, de comunión y holocaustos, al igual que el resto de la vida religiosa estaban cuidadosamente reglamentados. El cargo de sacrificador -zbh- era probablemente público y renovado anualmente. Las ofrendas incluían animales clasificados por categorías en las que intervenían la edad y el tamaño, por lo que no hay que descartar que las presidiera un criterio alimenticio, ya que unas partes eran para los sacerdotes y otras para quién ofrecía el sacrificio. Bueyes, vacas, terneras y becerros, ovejas, carneros, moruecos y corderos, aves y, posiblemente, ciervos, pero, además, había otras ofrendas que podían ser de harina, de aceite o leche. También podían ofrecerse panecillos y dulces.

El culto podía ser publico o privado, comunitario, colectivo o individual. A las grandes fiestas que presidían el calendario y la vida política de la ciudad, se sumaban otras manifestaciones de piedad de los fieles, organizados bien en colegios o corporaciones que, como testimonian algunas inscripciones de Cartago y Mackatar -mzrh- , poseían una personalidad jurídica y que desarrollaban alguna clase de actividad política o municipal, o en asociaciones, como el caso de mrzh, conocido ya en el oriente fenicio, que tenían una actividad esencialmente religiosa. El culto privado, con los ritos y ofrendas que entrañaba, se podía realizar bien a nivel de linajes, familias o de simples individuos.

Templos y santuarios.
En Fenicia, como en otros muchos lugares, el templo se concebía como la morada del dios y albergaba una imagen, a menudo anicónica del mismo. En los bamah, o "lugares altos" cananeos la divinidad masculina era representada por un estela de piedra y la femenina por un cipo de madera. En Cartago, los templos, que se encontraban bajo el control de funcionarios gubernamentales, poseían grandes riquezas, cuyos titulares eran los dioses, e incluso esclavos, pero eran propiedad del conjunto de la comunidad cívica representada por la ciudad, al igual que los puertos o los arsenales. Así, en situaciones de emergencia el Estado cartaginés y sus gobernantes podían, en nombre de bien público, echar mano de sus recursos. De los numerosos templos y santuarios de Cartago ya hemos tratado en una entrada anterior dedicada a la topografía y el urbanismo de la ciudad.

El sacerdocio.
La estructura del clero estaba organizada en una jerarquía al frente de la cual se hallaban los grandes sacerdotes, título que también ostentaban algunas mujeres. Las más altas dignidades religiosas fueron desempañadas por familias de la aristocracia que, al igual que los cargos civiles, las trasmitían de padres a hijos como demuestran las inscripciones en las que mencionan su genealogía. Una estela del tofet menciona dieciséis generaciones de sacerdotes de Tanit. Pero nada permite pensar, pese al indudable prestigio del que gozaban, que hayan llegado a constituir una casta en el seno del aparato del Estado.

El resto de los ciudadanos podía acceder al sacerdocio subalterno y a los oficios auxiliares del clero. A su frente había siempre un sumo sacerdote -rb khnm- que ejercía, en cada templo, de jefe del colegio sacerdotal. Las mujeres, tanto sacerdotisas -khnt-, como grandes sacerdotisas -rb khnt- no estaban exentas de las tareas del culto. Había una auténtica especialización sacerdotal según conocemos por la existencia de una serie de títulos, como “peluquero del dios”, “despertador del dios”, “iluminador”, cuyas tareas solo en parte están claras. Entre el personal del culto había también esclavos y esclavas de muchas clases, que se encargaban de los menesteres más humildes.

Los sacerdotes recibían los beneficios que les procuraba el servicio religioso, en particular los sacrificios, y se han conservado algunas tarifas que especifican minuciosamente los honorarios debidos por los fieles para tales menesteres. El gobierno se ocupaba, asimismo, de la administración de la vida religiosa. En Leptis Magna esta documentada la existencia de un magistrado que representaba la potestad estatal en el estamento religioso, y es posible que tal cargo existiera también en Cartago. Los Ancianos de Cartago se encargaban de elegir una comisión de diez hombres “los diez que están al frente de lo sagrado”, con atribuciones para inspeccionar la construcción y restauración de los templos y otros monumentos. Otra comisión de treinta hombres, “los treinta varones que están al frente de los tribunales”, actuaba con absoluta independencia en asuntos tales como establecer la relación de las cantidades que había que retener de las ofrendas.

¿Culto a los héroes?.
Algunos indicios, empezando por la leyenda de Elisa, de la que se afirma que recibió culto después de muerta, permiten sospechar la existencia de algún tipo de culto a los héroes en Cartago. La tradición respecto a la fundadora de la ciudad ha sido recogida en la Antigüedad, además de por Justino, por el poeta Silio Itálico:

“En medio de la ciudad, dedicado a los Manes de Elisa, la fundadora, rodeada tradicionalmente por los tirios de una piedad respetuosa, cercado por un cinturón de tejos y pinos que, con su sombra lúgubre, esconden la luz del día, había un santuario. Es allí, dice la leyenda, que la reina habría dicho adios a los desvelos de la vida terrenal” (Púnica, I, 82-87).

Pero hay otros podibles testimonios, además del relato etiológico sobre los Altares de los Filenos, como el de Amilcar, derrotado en Himera en el 480 a. C., según nos cuenta Heródoto:

“...los bárbaros, dicen, estuvieron luchando contra los griegos desde el amanecer hasta bien avanzada la tarde (durante tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el enfrentamiento. Por su parte, Amilcar permanecía, entretanto, en su campamento y ofrecía sacrificios propiciatorios, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Y resulta que, cuando estaba realizando libaciones sobre las víctimas y vio que sus tropas se daban a la fuga, se arrojó a las llamas. Así fue en definitiva, como desapereció: quedó reducido a cenizas.
Pero ya desapereciera de la manera que dicen los fenicios, o de cualquier otra, lo cierto es que a Amilcar le ofrecen sacrificios y, además, le han eregido monumentos funerarios en todas las ciudades de sus colonias, el más importante de los cuales se encuentra en la propia Cartago” (VII, 167; TRAD. C. Schrader).

Una variante de este posible culto a los héroes sería el culto funerario que, según algunas hipótesis, habría tenido lugar en el tofet y del que sería un probable indicio una estela (CIS, 5780) que muestra una mujer tocada con una larga túnica plisada, en actitud de estar medio arrodillada y efectuando una libación con la jarra que sostiene en su mano derecha.

Las creencias religiosas

Los semitas occidentales, entre los que se encontraban los fenicios, concebían la existencia del alma -neshemah - y el espíritu -ruaj- tal y como aparecen también mencionados en el Antiguo Testamento. El espíritu, que en ocasiones se concebía como una sombra, correspondería a ese aliento de vida de procedencia divina, que también los animales podían poseer, siendo el alma equiparable a "deseo" o "voluntad", el aspecto volitivo del espíritu.

Mitos y cosmogonías.
Un mito fenicio, adaptado luego a la mentalidad griega, narra como del viento, enamorado de su propio principio, surgió Mot, un caos de cieno del que aún no se habían separado las aguas, y del que se formó el resto de la creación. Cushor, un dios artesano, parece que desempeñó un papel activo en la creación de las cosas. Otro mito es el representado en la leyenda de Ba‘al y Anat, en realidad una dramatización de la lucha de la vegetación contra las inundaciones marítimas que siembran el caos, el desorden y la muerte.

El esquema de la leyenda es similar a otras conocidas en Oriente y Egipto, ya que se trata un mito agrario que describe y explica el ciclo de la vegetación en sus diversas estaciones. Tras la lucha de Ba‘al contra Yam, personificación del mar como fuerza destructiva que amenaza la tierra cultivada, se sucede el combate de Ba‘al contra Mot, símbolo de la sequía y de la muerte. En él Ba‘al es derrotado y muerto. Llorado por su padre El fue enterrado por su esposa/hermana Anat, quién finalmente logró matar a Mot, dispersando los miembros de su cuerpo como los granos de trigo en el campo. Más tarde Ba‘al, encontrado por Anat, revive y derrota a sus enemigos.

Un mito agrario es también el de Adón, conocido como Adonis por los griegos, dios-espiritu de la vegetación nacido de un árbol y muerto mientras cazaba un jabalí, y Astarté, diosa de la fecundidad y el amor, que baja al mundo subterráneo para buscarle y llevarle de nuevo entre los vivos. Adón/Adonis, resucitado en la primavera, moría con el estío y era lamentado por la diosa, que lo hacía revivir después del invierno. Era venerado en toda Fenicia, celebrándose en el verano fiestas con largas procesiones en su honor. La antigua concepción oriental del dios sufriente subyace en todos estos mitos.


El “mas allá” y los ritos funerarios.
Las tumbas y sus ajuares nos hablan de la creencia de que los difuntos debían ser instalados con confort y protección, que se ofrecía por medio de amuletos y figurillas apotropáicas de terracota así como por medio de los rasuradores, que estaban decorados con temas esencialmente religiosos, que serían talismanes asociados a los actos de piedad que en vida realizó el difunto. Los huevos de avestruz pintados que aparecen en las tumbas eran un símbolo de vida y regeneración. Asimismo la presencia en algunas tumbas de pequeñas máscaras con la representación de un rostro con los ojos muy abiertos y de colgantes de pasta vïtrea policromada que repiten la misma imagen nos sugiere la existencia, entre los difuntos, de alguna clase de iniciados.

La incineración estuvo presente, junto con la inhumación, en las necrópolis más antiguas de la ciudad y no se generaliza hasta finales del siglo V a. C. Su mayor difusión se ha interpretado como una influencia griega que acentuaba las perspectivas escatológicas, aunque el impacto de la cultura griega sobre los cartagineses se ha exagerado mucho. Otros, como S. Lancel la creen una consecuencia de la expansión urbana que cada vez dejaba menos sitio a las necrópolis e imponia un ritual que ocupara menos espacio. Esta hipótesis, que se basa en la paralela reducción de los ajuares, que no se puede interpretar como un signo de empobrecimiento, y en la persistencia de la inhumacíon en otras necrópolis de Cabo Bon, no debe descartarse.


Escatologia púnica.
Muy poco sabemos de las creencias de los cartagineses en una vida tras la muerte, aunque es indudable que las tuvieron. Algunas pinturas de tumbas sugieren creencias muy elaboradas. En una, de la necrópolis de Djebel Mlezza, en Cabo Bon, cerca de Kerkouane, el alma del difunto aparece representada como un gallo, símbolo apotropaico muy fuerte, frecuentemente asociado a los mausoleos funerarios en el N. de Africa. En otra de Kef el Blida una nave de guerra ocupada por ocho personajes, ¿tal gvez los ocho dioses fenicios de la navegación?, es precedida por un personaje que flota en el aire, y que se ha interpretado como el alma del difunto o un genio malefico que trata de oponerse al avance de la nave fúnebre. De ser ciertas tales interpretaciones, también los cartagineses, como muchos otros pueblos, habrían concebido la existencia de una masa acuática como separación entre este mundo y el otro.

Magia y adivinación.
Los cartagineses creían en la existencia de espíritus, cuya intención a veces era ocasionar daño y de los que se protegían con diversos procedimientos, pero, sobre todo, mediante amuletos y signos apotropáicos. Muchos de estos amuletos han aparecido en las excavaciones de las necrópolis cartaginesas. Los más utilizados eran de procedencia o influencia egipcia, como el ojo oudja, el uraeus, la representación del dios Ptah y las de Bes y Anubis. Los escarabeos se depositaban igualmente en las tumbas para garantizar la protección del difunto. Es frecuente que lleven los nombres de los faraones de la época, ya que la eficacia mágica de estos talismanes dependía mucho de esta referencia al rey y su poder, y nos revelan asimismo la profunda influencia que siempre ejerció Egipto sobre Cartago.


Los dioses

La religión era un aspecto muy importante de la vida y la cultura de los cartagineses, que, como buenos semitas, se mostraron profundamente piadosos y notablemente conservadores en sus creencias y en sus prácticas. Su universo religioso respondía al de sus ancestros fenicios, con algunas influencias, que fueron asimiladas y reelaboradas, procedentes de su entorno mediterráneo, particularmente egipcias y griegas. Su alcance, sin embargo, fue limitado y superficial, sin qué podamos hablar de un proceso de helenización de la religión púnica.

Ba‘al Hammon.

En Cartago la principal divinidad era Ba‘al Hammon, atestiguado también en las estelas y dedicatorias del N. de Africa, Sicilia, Cerdeña y Malta. Originario de Oriente, algunos investigadores señalan sus relación con el fuego o el calor, “el Señor del altar de los perfúmes” o, más bien, “el Señor de las ascuas”, mientras que otros lo interpretan como “Señor del Amanus”, una divinidad atmosférica relacionada con la tormenta y la lluvia. Todas estas interpretaciones de su teónimo nos hablan de su personalidad rica y compleja.


Su identificación posterior con el Saturno romano, bajo cuya forma pervivió en el norte de Africa mucho tiempo después de la destrucción de Cartago, sugiere que era el protector y garante de la prosperidad de la ciudad y que al mismo tiempo poseía aspectos relacionados con la regeneración y la fecundación. Su iconografía era la de un dios barbado tocado con la tiara y sentado sobre un trono.

Tanit.
La diosa Tanit, de origen oriental, aunque durante mucho tiempo se creyó que era una divinidad exclusivamente africana, era la consorte de Ba´al Hammon en el panteón cartaginés. La supremacía absoluta de Ba‘al-Hammón, documentada en las inscripciones más antiguas del tofet, comienza a ser desplazada desde finales del siglo V y comienzos del IV a. C., por la aparición conjunta de la diosa Tanit. A partir de entonces, la importancia que va adquiriendo es cada vez mayor, apareciendo incluso frecuentemente sola en las inscripciones. Estas le dan el epíteto de “cara de Ba‘al” y por una de ellas sabemos de la existencia de un templo dedicado a Astarté y a Tanit del Líbano.

Fuera de Cartago aparece asociada a Astarté en el templo de Tas es-Silg, en Malta. Su iconografía es rica pero de difícil interpretación, destacando sobre todo el famoso “signo de Tanit”, un triángulo coronado en su vértice por una raya horizontal, que en ocasiones tiene los extremos levantados, y rematado por un círculo, en el que se ve una esquematización realista de la imagen oriental de la diosa desnuda o de la hieródula de los brazos extendidos, muy frecuentes en Siria y Canaán a finales de la Edad del Bronce.


Tanit era una divinidad de carácter ctónico a la que se han atribuido rasgos escatológicos. Según G. Garbini, los cartagineses habían adoptado el culto de la sidonia Tanit, hipóstasis de Astarté, a raíz del paso de la monarquía, si admitimos que alguna vez existió en Cartago, a la oligarquía, para distanciarse de Tiro, donde Melkart era la divinidad más importante. Otros explican la creciente popularidad de la Tanit en Cartago como consecuencia de su conversión en un estado agrario. También se ha señalado que la población de origen sidonio que llegó a la ciudad tras la conquista asiria fue la responsable de la introducción de su culto.

Melkart.
Otros dioses presentes en el panteón cartaginés eran Eshmún que, junto con Astarté, figura profusamente en la composición de muchos teóforos púnicos, Ba‘al Shamin, Ba‘al Haddad y Melkart. Respecto a este último, que fue asimilado con el Heracles griego, su presencia, tan antigua como los mismos orígenes de la ciudad, está documentada tanto en la onomástica como en las inscripciones, que aluden a él en ocasiones como “resucitador de la divinidad, esposo de Astarté”, pero, a diferencia de Tiro, ocupó en Cartago un papel secundario hasta que la influencia política de los Bárquidas, que lo convirtieron en su divinidad familiar, lo situó de nuevo en un primer plano.

Las divinidades extranjeras.
Respecto a los dioses extranjeros, en los primeros años del siglo IV a. C., se introdujo de forma oficial entre los cartagineses el culto a Demeter y Core, dos divinidades griegas de la fertilidad y el mundo subterráneo, según sabemos por Diodoro de Sicilia. Sus templos en las afueras de Siracusa habían sido profanados por las tropas de Himilcon durante el sitio de ésta en el 396 a. J. C., lo que, se dice, le atrajo la cólera divina y el posterior desastre en el campo de batalla. Parece que los dioses de Egipto, país con el que se mantuvieron frecuentes y buenas relaciones y cuya influencia está presente en diversos aspectos de la vida de Cartago, también tuvieron cierta presencia, según atestiguan los teóforos de muchos cartagineses, aunque es imposible establecerla con un mínimo acierto.

El carácter de la economía cartaginesa

La cuestión del Mercado.
Los principales medios de producción estaban constituidos, aún en lugares como Cartago, donde el comercio tenía una gran importancia, por la tierra y el trabajo no libre -que no hay que confundir necesariamente con esclavitud ya que existían variadas formas de dependencia- por lo que difícilmente el Mercado, tal y como lo entendemos hoy, podía intervenir dirigiendo o regulando los procesos económicos. Los elementos propios de una economía de mercado, como la iniciativa privada, las ganancias y los beneficios, el riesgo, y la fluctuación de los precios en función de la oferta y la demanda, no desempeñaron un papel dominante al encontrarse sometidos a unas condiciones que emanaban, no de la actividad económica, sino de las esferas jurídica, política y social.

Los intercambios no mercantiles desempeñaban a menudo un importante papel en el conjunto de la actividad comercial, y las propias oscilaciones en los precios eran frecuentemente ocasionadas por factores de índole extraeconómica, en el sentido moderno del término, como plagas, sequías, guerras o decisiones políticas. El comercio podía constituir una fuente importante de ganancias, pero lo interesante es observar como la tendencia general consistía en reinvertir dichas ganancias en la adquisición de tierras o en los préstamos con interés.

En la propia Cartago los datos de que disponemos muestran la existencia de diversos grupos de población dependiente y, por supuesto, ciudadanos libres, junto a una aristocracia involucrada al mismo tiempo en la política y el comercio. Una situación típica de la Antigüedad que hace muy improbable la existencia de un auténtico mercado de trabajo que movilice la fuerza de trabajo, la tierra y las subsistencias. Ahora bien, sin mercado de trabajo no es concebible una economía de mercado, y sin economía de mercado, el comercio, que es sólo una parte de la actividad económica, difícilmente se podrá regir por la oferta-demanda, la libre competencia o la iniciativa privada. Aún así, muchas personas confunden valor de cambio o presencia de moneda con economía de mercado.

Sector público/sector privado.
¿Cual era, por otra parte, la diferencia entre iniciativa privada y pública?. En muchas ocasiones, en las sociedades antiguas los límites entre lo que nosotros llamamos el sector público y el privado son imperceptibles o no se encuentran bien definidos, al no formar la economía una esfera independiente de la actividad política o las relaciones sociales, lo que posibilitaba que unas mismas personas pudieran actuar en ambos sectores simultáneamente. Según Aristóteles la aristocracia cartaginesa que detentaba el poder se enriquecía mediante negocios diversos:

“Es absurdo también creer que se produce el cambio hacia la oligarquía por lo siguiente, porque los magistrados son codiciosos y negociantes, y no porque los que sobresalen con sus fortunas no consideran justo que tengan parte en la ciudad por igual los que nada tienen y los que tienen. En muchas oligarquías no es posible enriquecerse, sino que hay leyes que lo impiden; pero en Cartago, con un gobierno democrático, se enriquecen y en modo alguno han cambiado”. (Pol., V, 12, 1316b; TRAD. C. García Gual y A. Pérez Jiménez)

Este enriquecimiento y los negocios que lo generan ¿se realizaban a título público o particular?. Seguramente la pregunta le habría resultado inadecuada al filósofo ateniense. Tanto en la economía fenicia como en la cartaginesa el objetivo de la producción estaba fijado por las necesidades de reproducción social de la élite, por lo que la acumulación de capital no tendría significado o sería muy limitada. A pesar de ser una ciudad volcada al comercio Cartago llegó a desarrollar un importante sector agrario. El comercio, como una forma específica de distribución mediante intercambios no puede ser extraído, sin más, del resto de las actividades económicas, relacionadas con la producción y el consumo, con las que constituye un todo.

Por supuesto los comerciantes financiaban las compras, fletaban los barcos y se hacían cargo de los costes de transporte y almacenamiento, por lo que la iniciativa privada se encontraba bien representada. Pero no se habría podido desenvolver sin la ayuda del Estado que era responsable de la política marítima, garantizando la seguridad en las rutas y puertos y fijando las equivalencias de los recursos más perentorios para la economía pública, al tiempo que encargaba las pertinentes adquisiciones a las compañías de comerciantes y mercaderes. Sin la presencia e intervención del Estado y, en su nombre, de los agentes del gobierno, la iniciativa privada es dudoso que hubiera podido llegar a existir alguna vez, lo que por otro lado es válido para las condiciones generales en que se desarrollaba el comercio antiguo y aclara, de paso, un elemento crucial del debate entre los que asignan un carácter mercantilista a la economía antigua y quienes por el contrario lo niegan.

La moneda.
La presencia de moneda tampoco debe ser mal interpretada. Su uso fue más antiguo entre los griegos que entre los cartagineses, a los que se considera, junto con los demás fenicios, el pueblo, comercial por excelencia. No obstante, la aparición de la moneda tuvo aquí y allí un significado extraeconómico, sobre todo social y político, dentro del desarrollo de las relaciones sociales y de la definición de valores, que implicaba la aparición de sentimientos cívicos y de emblemas con los que identificarse. Entre los griegos, la moneda hizo su aparición como una perpetuación de los valores de "prestigio", del blasón y de la "profusión" aristocrática muy pronto transformada en mero instrumento "político" y del progreso normativo de la comunidad cívica.

Las primeras monedas cartaginesas se acuñaron en Sicilia durante el siglo V a. C. y fueron empleadas fundamentalmente en retribuir a las tropas mercenarias. En cualquier caso, la circulación de bienes y monedas no coincide en general, ni en el ámbito local, por la ausencia de fracciones pequeñas en la acuñación, lo que implica que tales monedas no estaban destinadas a los intercambios, ni fuera de su área de emisión, donde son raras, por lo que el comercio de gran alcance no ha podido ser un factor determinante en la creación de la moneda.


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La artesanía y los trabajos especializados

En Cartago los trabajos artesanales y especializados eran desempeñados normalmente por hombres libres. Como en otras partes, los artesanos transmitían su oficio de padres a hijos y se agrupaban por corporaciones de tejedores, orfebres, curtidores, alfareros, etc. bajo la autoridad de un gran maestro.

En las inscripciones cartaginesas podemos encontrar un amplio elenco de estos trabajadores especializados entre los que reconocemos al arquitecto, al maestro de obras, al cantero, al tallador de piedra, al escultor, al obrero especializado en la ornamentación, al trazador (¿ingeniero?) de caminos, los diversos tipos de fundidores, de bronce, de oro, de hierro, de metal colado, y otros trabajadores del metal, como el orfebre, al fabricante de pinzas, de lámparas, de sandalias, de perfumes, al tallador de mármol, al fabricante de cercas, de carros, de arcos, de redes de pesca, diversos tipos de carpinteros y torneros, así como de tejedores, al fabricante de cuerdas y los distintos tipos de alfareros y fabricantes de vasos. A veces en el campo iconográfico se representan una serie de instrumentos en consonancia con la función o el tipo de trabajo a que se alude en la inscripción.

En los grandes talleres metalúrgicos, así como en los arsenales y en los puertos, en los de tejidos y de tintura, y en los grandes alfares trabajaba una abundante mano de obra integrada por hombres libres y también por esclavos. Pero existían además talleres mucho más pequeños, algunos casi domésticos, en donde el propietario trabajaba ayudado por uno o dos aprendices que podían ser esclavos. Algunos de estos talleres-tienda han sido descubiertos por los arqueólogos en el barrio tardo-púnico de la vertiente meridional de Byrsa. Allí también ha aparecido, en una pequeña plazoleta formada en la intersección de dos calles, el tenderete de un orfebre que realizaba su actividad al aire libre trabajando la coralina, el coral y la obsidiana.


Otros oficios.
La construcción naval era, por otra parte, uno de los sectores que más mano de obra requería, y a los carpinteros, armadores y calafateadores se sumaban los encargados de fabricar las velas y cordajes para lo que se empleaba preferentemente el esparto. Asimismo, el mantenimiento de los puertos requería numeroso personal, como también eran abundantes aquellos que se dedicaban a la pesca y a las salazones. Todo ello sin contar con los obreros, arquitectos, ingenieros y toda clase de artesanos y artistas, ya citados, que participaban en las variadas tareas de construcción.

También había gentes cuya ocupación profesional era la de médicos, curanderos, astrólogos, educadores, etc., aunque aquí como en los restantes casos desconocemos los pormenores de su estatuto laboral.

Aquí, como en los restantes casos, desconocemos los pormenores de su situación laboral, si bien algunas escuetas informaciones permiten sospechar que una parte de los que trabajaban en los diversos oficios lo hacían por su cuenta mientras que otros se hallaban vinculados a templos, santuarios y otras empresas públicas, como los arsenales, las cecas en las que se acuñaban, al menos desde el siglo IV a. C., las monedas utilizadas para pagar a funcionarios y mercenarios del ejército, y los trabajos portuarios. Como se aprecia en las inscripciones procedentes de la misma Cartago, la especialización y la división del trabajo habían alcanzado un notable desarrollo y las relaciones de producción se caracterizaban por una convivencia de los pequeños propietarios, bien agricultores o dueños de algún pequeño taller artesano, y los grandes propietarios esclavistas.

Las manufacturas.
La producción, muy diversificada, de manufacturas ocupaba un lugar destacado en la economía cartaginesa. Entre las de mayor calidad, la metalurgia tenía un lugar importante y llegó a alcanzar una gran perfección técnica. Otro tanto ocurría con la orfebrería. Los oinokoes de bronce, los estuches para aguardar amuletos, los collares, pendientes, brazaletes y colgantes, los rasuradores rituales de bronce, címbalos, campanillas, y otros objetos y herramientas de uso más cotidiano, como espejos, cuchillos, pinzas, martillos, tenazas, etc. fueron fabricados por los artesanos púnicos con singular maestría.


Otros sectores destacados fueron los textiles, con la confección de telas de lana y de lino. Las mejores eran teñidas de púrpura. La extracción de este tinte, el único indeleble en la Antigüedad, de un pequeño molusco, el murex, y su aplicación a los tejidos de calidad constituía una habilidad por la que los fenicios habían sido siempre famosos. También se trabajaba la pasta de vidrio y el marfil, en los que los cartagineses llegaron a crear pequeñas maravillas, auténticas obras de arte. En cambio, la alfarería cartaginesa no destacó nunca por su calidad, salvo ciertas máscaras y figurillas de carácter religioso, y se limitó a la producción de contenedores—ánforas, frascos para perfumes y ungüentos, etc.—así como a la vajilla doméstica y funeraria.