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Templos y santuarios

Debido a su destrucción sistemática por los romanos y a los posteriores expolios no se conservan apenas vestigios arqueológicos de los templos y santuarios de Cartago, a excepción del tofet, el único de todos estos recintos sagrados del que se tienen restos abundantes, y de un pequeño templo del siglo V. a., C. en la parte norte de Bir Massouda. Las inscripciones, en cambio, mencionan templos y santuarios dedicados a Astarté, Tanit, Ba‘al Safón, Melkart, y un templo de Tanit y Ba‘al Hammon que había sido consagrado por los ciudadanos. En la “Tarifa de Marsella”, una inscripción procedente de Cartago pero encontrada en esta localidad francesa, se menciona asimismo un templo de Ba‘al Safón.

En 1916 L. Carton descubría en el sector llamado Salambó, medio kilómetro al oeste del tofet, los restos de un santuario de época helenística. Consistia en una cella rectangular de 4, 80 por 4 m dividida longitudinalmente por paredes de tierra batida. Al fondo y adosado al muro se alzaba un altar coronado por un baldaquín sostenido por medias columnas de tipo jónico que descansaban sobre tabiques de arcilla. Otro pequeño edificio sagrado fue descubierto en 1917 por J. Baudin en las proximidades de Sidi Bou Said. Un vestíbulo de 1,70 m de largo con pequeños bancos adosados a los muros laterales daba acceso a una cella rectangular de 2, 25 m de largo y 1, 70 m de ancho. Aún así, no estamos en condiciones de precisar si se trata de pequeños edículos aislados o de capillas que pertenecieron a un conjunto arquitectónico más amplio, como algunos indicios podrían sugerir.


Desde mediados del siglo IV a. C las estelas cartaginesas se adornan con una ornamentación de tipo arquitectónico que comprende dos columnas que sustentan un frontón triangular. Para algunos se trata de cellae figuradas desde una pespectiva frontal, por lo que serían representaciones de la fachada principal de algunos templos. Por el contrario otros ven en ellas el encuadramiento inmediato de las estatua del dios, baldaquines semejantes a aquellos cuyos vestigios se han encontrado en la “capilla” Carton de Salambó. Cabe destacar, como elementos añadidos a este debate, la ausencia en Cartago de elementos arquitectónicos pertenecientes a frontones triangulares, así como la costumbre fenicia y, al parecer, también cartaginesa, de rematar los edificios con una cubierta en terraza plana. Aún así, la arquitectura monumental, que prefiere los capiteles eólicos y desdeña en general el orden dórico, cuya introducción es tardía y limitada, ha proporcionado magníficos aunque escasos ejemplos, pero todos ellos fuera de Cartago.

El mausoleo de Dougga representa el sincretismo greco-egipcio que suele caracterizar buena parte del arte monumental cartaginés, con una planta inferior sobre un podio de cinco gradas, decorada en las esquinas por pilastras con capiteles eólicos adornados con flores de loto; la segunda, sobre tres gradas, con columnas jónicas acanaladas que soportan un arquitrabe coronado por una cornisa de gola egipcia, uno de los elementos principales del arte monumental cartaginés, como se ve también en las estelas, y la tercera flanqueada en sus cuatro esquinas por pedestales. Estaba coronado por una piramide flanqueada en los ángulos por estatuas de sirenas. Otro monumento funerario similar ha sido encontrado en Sabratha. El naiskos de Thuburbus Maius, cerca de Cartago, que parece ser un modelo reducido de un templo dedicado a Demeter, reproduce un edificio que descansa sobre un zócalo y que consta de una cella precedida de un pórtico de dos columnas jónicas con cubierta a terraza y cornisa que incluye una gola egipcia.

Estrabón (XVII, 3, 14), Tito Livio (XL, 24) y Apiano (Lib., 130) hablan del gran templo de Eshmun sobre la colina de Byrsa al que se accedía por una gran escalinata de sesenta peldaños y que sirvió de último reducto defensivo de la ciudad en sus últimos días, antes de ser tomada y destruida por las tropas de Escipión. El mismo Apiano menciona también un templo de Apolo (¿Reshef, Ba‘al Hammon?) que estaba situado no lejos del Agora, o plaza pública, y que albergaba una estatua dorada del dios:

“...penetraron en el santuario de Apolo, cuya estatua estaba cubierta de oro y su santuario, redeado de oro batido de mil talentos de peso...”(Lib., 127)

Una inscripción cartaginesa menciona la construcción de un santuario destinado al culto de Astarté y de Tanit del Líbano por los ciudadanos de Cartago, pero no nos proporciona, en cambio, ninguna pista sobre su ubicación. ¿Se trata del mismo santuario que glosa Virgilio en su poética descripción?:

“Había en el centro de la ciudad un bosque, rico en sombra, donde arrojados por la tempestad y las aguas sacaron del suelo los púnicos el presagio que Juno soberana les había mostrado: la cabeza de un brioso caballo; señal por los siglos de un pueblo famoso en la guerra y próspero en la paz. Aquí levantaba la sidonia Dido un gran templo a Juno, opulento por las ofrendas de los hombres y poderoso por el numen de la diosa. Dínteles de bronce se alzaban sobre la escalinata y vigas con bronce trabadas, y chirriaban en sus goznes las puertas de bronce”. (Eneid, I, 441 ss; TRAD. R. Fontán Barreiro)

De hacer caso al poeta el gran edificio sacro se habría alzado en algún lugar del sector de Demerch. El templo de Juno-Tanit es también mencionado por Plinio el Viejo (Nat. Hist., VI, 200) y por el Periplo de Hanón. En la introducción de este periplo se mencióna un templo de Kronos (¿Ba‘al Hammon, Ba‘al Safon?) en el que el navegante cartaginés había depositado el relato de su viaje.

Una inscripción fragmentaria(CIS I, 251) que se conserva en Paris menciona a un “servidor del templo de Eresh”, divinidad procedente del norte de Siria. Diodoro de Sicilia, por su parte, narra la introducción en Cartago del culto de las divinidades griegas Demeter y Core, en el año 396 a. C. y lo atribuye al desastre sufrido por las tropas cartaginesas en Sicilia, que habían profanado los sepulctros y saqueado un templo de las diosas a las puertas de la Siracusa. Las cartagineses atribuyeron las causas de sus desgracias a la cólera divina y decidieron reparar su sacrilegio:

“No habiendo introducido a Demeter y Core hasta entonces en sus ritos, designaron a los más ilustres de sus conciudadanos para ser los sacerdotes de las diosas y las etablecieron en la ciudad con gran solemnidad”. (XIV, 77)