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La sociedad cartaginesa

Una primera división distinguía, como en otros lugares del Mediterráneo, a los que gozaban del derecho de ciudadanía de los que no eran ciudadanos. No parece que la procedencia de otro lugar haya constituido un obstáculo insalvable para alcanzar la ciudadanía cartaginesa, al menos a partir de cierta época. Algunos indicios así lo dejan suponer. En una estela del tofet (CIS, I, 5984) un tal Bolmelqart, cuyos ancestros llevan todos nombres griegos, realiza una ofrenda según el rito púnico.

La adquisición de la ciudadanía.
En la necrópolis de Sta. Mónica, donde se agrupan muchos de las tumbas de los grupos sociales más importantes, como magistrados, generales o altos funcionarios, un tal Omran es enterrado por su esposa Kabdatashart que revela sus orígenes de la ciudad fenicia de Arvad. Fenicios de Oriente que se entierran junto a los notables de la sociedad cartaginesa; griegos cuyos hijos toman un nombre púnico y realizan el sacrificio en el tofet son sin duda ejemplos de asimilación pero ¿era acompañada ésta siempre de la ciudadanía?. Sabemos que las autoridades políticas podían conceder este privilegio a los extranjeros, por ejemplo como recompensa de servicios prestados en el campo de batalla. En circunstancias normales era requisito indispensable, como en otros lugares, ser libre y de padre cartaginés, sin que parezca que importara mucho el origen de la madre. Pero una persona nacida en Cartago, aunque de familia extranjera, ¿era considerado cartaginés?. Así permiten suponerlo, al menos, algunos testimonios epigráficos, así como ciertos pasajes de los textos antiguos.

Derechos y obligaciones de los ciudadanos.
El cuerpo de ciudadanos gozaba de suprema soberanía y autoridad que se ejercía en el seno de la asamblea popular, si bien en la práctica la oligarquía gobernante controlaba los resortes del poder y resultaba prácticamente imposible para un ciudadano normal acceder a los cargos y rangos de más prestigio. Como en otros lugares del Mediterráneo es posible que no existiera ningún impedimento jurídico sino, más bien, trabas de tipo práctico. Aristóteles nos informa de que en Cartago la riqueza personal era tenida en cuenta en la elección de los cargos que no eran retribuidos:

“...creen que hay que elegir a los gobernantes no sólo en razón de sus méritos, sino también de sus riquezas, pues piensan que es imposible que el falto de recursos gobierne bien y tenga tiempo libre”. (Pol., II, 11, 1273a; TRAD. C. García Gual y A. Pérez Jiménez)

Pese a todo lo que se ha dicho, sin mucho fundamento, sobre la falta de patriotismo de los cartagineses y de su escasa o nula implicación en la defensa militar, la participación en el ejército constituía una de las obligaciones y prerrogativas de los ciudadanos. La elección y desempeño de cargos públicos era otra de sus atribuciones. El ejercicio de las funciones sacerdotales constituía asimismo una más de sus prerrogativas.

La aristocracia.
Por las inscripciones sabemos que la comunidad cívica, el pueblo de Cartago, que integraba a todos aquellos que gozaban de la ciudadanía y por consiguiente de derechos políticos, se encontraba dividida en
drnm "los grandes”, la aristocracia, una clase de ricos propietarios de tierras y comerciantes que se servían del trabajo de esclavos y de la población semidependiente, y srnm, que las fuentes latinas a menudo denominan como “plebeyos”, si bien ignoramos si esta división se hallaba formalmente reconocida en las leyes o existía sólo de hecho.

Las inscripciones cartaginesas también nos muestran a los miembros de esta aristocracia, que poseían grandes riquezas y ejercían los cargos más relevantes, como magistrados, generales o sacerdotes, pasándolos de padres a hijos, como si de una función hereditaria se tratara. No es raro encontrar ejemplos en la epigrafía funeraria y votiva de familias cuyos miembros han desempeñado durante generaciones el cargo de sufete, o de aquellas otras que acumulan diversas magistraturas y sacerdocios.

El pueblo.
El pueblo estaba formado por pequeños campesinos y modestos mercaderes y artesanos que poseían alguna propiedad, y cuyos oficios aparecen mencionados frecuentemente en numerosas inscripciones votivas o funerarias. Semejante uso documenta de por sí la existencia de una cierta capacidad económica, y parece probable que algunos de estos pequeños propietarios utilizaran la mano de obra de algunos pocos esclavos. Existen, en efecto, documentos en los que se mencionan nombres de esclavos cuyos dueños no ejercen ningún cargo ni oficio sobresaliente.

Trabajando en la agricultura, el comercio y las manufacturas, parece que podían permitirse una vida un tanto desahogada. Son estas gentes las que, a partir de mediados del siglo IV a. C., irrumpen con sus ofrendas en el tofet, hasta entonces reservado casi exclusivamente a los miembros de la aristocracia. La estandarización de las urnas y las inscripciones, que muestran ahora breves genealogías y ocupaciones y oficios comunes, frente al anterior predominio de las genealogías largas y los cargos públicos y de prestigio, es un claro indicio de la "democratización" de un rito que en tiempos precedentes parece haber involucrado, sobre todo, a las grandes familias cartaginesas. Como en otros lugares la colonización y el reparto desigual de las tierras conquistadas en el norte de Africa fueron empleados por la aristocracia cartaginesa para mantener a estas masas ciudadanas sumisas.

La familia.
En la sociedad cartaginesa, al menos en el ámbito urbano, predominaba la familia monógama, reducida o nuclear. De acuerdo con la epigrafía y con lo que conocemos de las casas cartaginesas, tanto en la propia Cartago como en la vecina Kerkouane, el número de miembros oscilaba entre cuatro y siete, contando el matrimonio, uno o dos hijos, tal vez tres, y algunos criados domésticos. En las inscripciones cartaginesas la mujer casada se decía “esposa de tal” después de haber presentado sus patronímicos. Sus ascendientes familiares figuraban, por tanto, en primer término y, a continuación, figuraba su marido con los suyos.

Existen algunos indicios que permiten suponer una cierta preferencia de los cartagineses a casarse con sus primas, algo que aún se observa en el Magreb actual. Esta tendencia endogámica no parece, con todo, haber sido generalizada. Entre las grandes familias de la aristocracia no eran raros los matrimonios con extranjeros. Las inscripciones también nos informan de la existencia de familias monoparentales o, al menos, de hijos e hijas que solo mencionan a su madre, sin que las razones, que pudieron ser múltiples (no podemos excluir el concubinato), puedan ser establecidas con exactitud.

En el seno de la familia y de la sociedad las mujeres cartaginesas parecen haber gozado de una posición relativamente confortable. Su presencia pública era innegable, tal y como una vez más nos muestran los testimonios epigráficos. Podían ocupar altas magistraturas religiosas y desempeñar oficios en apariencia reservados a los varones, dedicándose, por ejemplo, al comercio. Otras muchas trabajaban la lana o el lino. Las de clase acomodada y, sobre todo, las de la aristocracia podían recibir una educación esmerada que incluía la música, la danza, la literatura y la filosofía, como nos recuerda el ejmplo de Sofonisbe, desposada con el rey númida Sifax para cimentar los lazos políticos entre sus pueblos.