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Historia de la investigación

La historiografía moderna sobre Cartago se remonta al siglo XIX. W. Bötticher fue el primero en publicar una descripción coherente de la Historia de los cartagineses. En 1878 veía la luz el trabajo de R. B. Smith, que, sin embargo, no suponía ningún progreso importante. Un año después salía a la luz el primer volumen de la Historia de los cartagineses de O. Meltzer, el más amplio estudio realizado en mucho tiempo. Tras un segundo volumen, que se publicó en 1896, la obra fue concluida por Kahrstedt con un carácter muy distinto. En el primer cuarto del siglo XX la monumental obra de G. Gsell llevaría a una nueva cota la investigación de la historia de Cartago y el norte de Africa.

Las primeras excavaciones arqueológicas.
En 1833 C.T. Falbe, cónsul general de Dinamarca en Túnez, publicaba en Paris el primer mapa arqueológico de Cartago junto con un trabajo sobre el emplazamiento de la ciudad. Las primeras excavaciones científicas en el suelo de Cartago fueron, sin embargo, realizadas por Ch. E. Beulé en 1859 en la meseta de Byrsa. Tras él un sacerdote de la orden de los Padres Blancos, A.L. Delattre, desarrolló una infatigable labor en las necrópolis durante casi cincuenta años. Merecen también mención las excavaciones realizadas por P. Glaucker, A. Merlin y L. Carton. Este último excavó en el sector de los puertos de Cartago.


En las primeras semanas de 1922 F. Icard y P. Gielly, dos modestos funcionarios de la administración colonial, iniciaban las excavaciones del tofet, descubierto por ellos mismos, apenas unos días antes, al seguir una noche a un proveedor tunecino, y excavador clandestino, de estelas, cipos y otros monumentos similares. Suspendidas por falta de dinero y por desavenencias con la Dirección de Antigüedades -a pesar del excelente trabajo realizado que dio lugar al primer informe científico sobre el tofet publicado en 1923 por L. Poinssot y R. Lantier que, sin embargo, no habían participado en las excavaciones- fueron reanudadas por el norteamericano F. Kelsey y el británico D. Harden, que sistematizó por primera vez la estratigrafía del tofet, con el aval científico del padre Chabrot, editor del Corpus Inscriptiorum Semiticarum. Luego fue otro Padre Blanco, G. G. Lapeyre quien realizó excavaciones entre 1934 y 1936 descubriendo miles de cipos, estelas y urnas, un inmenso material del que apenas publicó unas pocas páginas.

Las excavaciones de P. Cintas.
Tras la pausa impuesta por la segunda guerra mundial, P. Cintas, último de una estirpe de arqueólogos autodidactas y dotado de una extraordinaria intuición para los hallazgos, reanudaba las excavaciones en julio de 1944. Con él la investigación arqueológica del tofet de Cartago recibía un nuevo y vigoroso impulso. Llegó hasta uno de los límites del recinto, en su lado oeste y descubrió, confirmando las observaciones anteriores de Harden, a una profundidad de entre seis y siete metros, los depósitos votivos más antiguos colocados por los cartagineses sobre la capa de tierra arcillosa y negra que cubría el suelo rocoso y arqueológicamente virgen. En 1950 publicó su voluminosa Ceramique punique, que presentaba las bases de una ceramología para el mundo púnico. Además de en Cartago, este arqueólogo infatigable, trabajo también en el suelo de la vecina Utica. Su muerte prematura en 1975 impidió que se publicaran en extenso los resultados de sus excavaciones en el tofet.

La campaña internacional bajo el patrocinio de la Unesco.
Ese mismo año comenzaba la campaña internacional, patrocinada por la Unesco en estrecha colaboración con el Instituto Nacional de Arqueología y Arte de Túnez, para la salvaguarda de Cartago, que duró hasta 1979. Diversos equipos de distintas nacionalidades participaron en ella. La misión americana, bajo la dirección de L. Stager, reemprendió la excavación del tofet, allí donde la había dejado Kesley a raíz de su muerte en 1927. Un equipo francés, dirigido por S. Lancel, centró su excavación en la colina de Byrsa.

Los ingleses, bajo la dirección de H. Hurst, trabajaron en el área de los puertos, mientras los alemanes, dirigidos por F. Rakob excavaban en la llanura litoral. El cúmulo de hallazgos fue considerable. Un nuevo sector del tofet salía a la luz y sorprendía la densidad de ofrendas en él depositadas. En Byrsa fueron encontrados restos de antiguas habitaciones púnicas, así como parte de un barrio tardío de la ciudad y un sector de la necrópolis arcaica. Las excavaciones en el área de las dos lagunas han permitido recuperar partes importantes de los dos puertos helenísticos de la ciudad, mientras que viviendas y talleres, así como un lujoso “barrio” marítimo y un tramo de la muralla que daba al mar han sido recuperados en el sector de la llanura litoral.

La investigación actual y las perspectivas de futuro.
En la actualidad la mayor parte del trabajo de investigación arqueológica es llevado a cabo ejemplarmente por los arqueólogos tunecinos bajo los auspicios del Centre des Etudes de la Civilisation Phénicienne Punique et des Antiquités Libyques y del Institut National du Patrimoine dirigido hasta hace poco tiempo por M.H. Fantar, que durante muchos años excavó en la ciudad púnica de Kerkouane, en Cabo Bon, próxima a Cartago. Una serie de campañas han sido desarrolladas en la misma Cartago desde el 2000 por miembros de la Universidad de Ghent, de la Universidad de Hamburgo y de la Universidad de Amsterdam en estrecha colaboración con los arqueólogos tunecinos. Sus trabajos se han centrado, fundamentalmente, en la topografía y el desarrollo urbano de la Cartago púnica, así como en las necrópolis más antiguas de la ciudad. Se puede encontrar una buena sisntesis de todos estos trabajos arqueológicos en la publicación "Punic Carthage: Two decades of archaeological investigations" disponible on-line.

Futuras excavaciones aún pueden depararnos sorpresas, pero existe un nutrido grupo de monumentos, conocidos al menos parcialmente, que aún esperan la paciente labor de los investigadores. Nos referimos a las miles de inscripciones cartaginesas sobre las estelas votivas o funerarias que, publicadas primero en el Corpus Inscriptiorum Semiticarum y diseminadas más tarde en muchas publicaciones de carácter científico, pueden arrojar mucha luz sobre distintos aspectos de la vida de la ciudad. Se trata de un arduo trabajo de recopilación, lectura e interpretación que espera su momento, en el que los epigrafistas, filólogos e historiadores aún no han dicho su última palabra.