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La hegemonía cartaginesa

Buena parte de la historiografía moderna ha retomado acríticamente la existencia de un imperialismo cartaginés, siguiendo una tradición literaria iniciada en el siglo V a. C en torno al sincronismo Himera-Salamia en ambientes próximos a la tiranía siciliota, e influida en ocasiones por la fenicofobia y el antisemitismo que han animado buena parte de los trabajos desde finales del siglo XIX hasta el desenlace del ultimo conflicto mundial. Aunque estas ideas están hoy prácticamente abandonadas, subsiste aún entre algunos investigadores la idea de dos bloques antagónicos, enfrentados por sus respectivos intereses en el Mediterraneo y de un imperio militarmente expansivo de Cartago.

Algo si es evidente. Cartago llegó a ocupar una posición hegemónica en el mundo fenicio-punico de Occidente, como desmuestra el hecho de que su ayuda fuera requerida por las otras ciudades en caso de peligro. La mención de los aliados de Cartago se encuentra en los tratados concluidos con Roma, en al segundo de los cuales aparecen tambien mencionadas las ciudades de Tiro y Utica. Evidentemente, Cartago se encontraba ahora en disposición de hablar en nombre de todos ellos. Sin embargo, los elementos que caracterizaban esta alianza hegemónica de Cartago con los demás centros fenicios de Occidente, permanecen bastante oscuros en nuestras fuentes.

La capitulación de Tiro en el 573 a. C. no tuvo una repercusión significativa en todo este proceso histórico, pero se sigue utilizando aún hoy para explicar la mayor presencia de Cartago en lugares como Ibiza y la decadencia de los establecimientos fenicios del sur de la Península Ibérica. La capitulación de Tiro ante Nabucodonosor II no supuso una interrupción en el desarrollo histórico de la ciudad, ni Tiro tampoco fue la única metrópolis que participó activamente en la expansión fenicia de época arcaica, y en todo caso el acontecimiento resulta posterior a los primeros síntomas detectados de la retracción del comercio fenicio arcaico en Occidente. Cartago no intervino, por lo tanto, para ocupar el vacio producido por la "crisis" de los asentamientos fenicios en el extremo occidente ya que tal "crisis" no tuvo existencia real, al menos como se concibe frecuentemente.

La palabra empleada en los textos antiguos para caracterizar la presencia de Cartago en la Sicilia occidental era epicrateia, que evidentemente está expresando una idea de dominio pero que difiere de eparchia, con la que se define una provincia imperial. C.R. Whittaker, en un trabajo que ha marcado desde hace años la inflexión en los estudios sobre el imperialismo cartaginés, ha demostrado la inexistencia de un aparato de administracion imperial cartaginés, integrado por tropas, gobernadores y funcionarios cuya misión sería mantener el orden y recaudar los tribuos, tanto en Sicilia, como en Cerdeña y en la Penísula Ibérica.

La expansión de Cartago en el Mediterráneo puede ser entendida de una manera ciertamente distinta a como se ha venido haciendo con demasiada frecuencia, y sin necesidad de forzar la evidencia. Los cartagineses, debido sobre todo a la escasez de tierra cultivable y materias primas en el territorio originario de su ciudad antes de las conquistas africanas emprendidas por Hannón en el siglo V a. C., se involucraron activamente en el comercio marítimo como una fuente tanto de prestigio como de beneficios. De esta forma desarrollaron una política cada vez más activa que les permitía tammbién intervenir en la redistribución comercial de metales y otras mercancías en el Mediterráneo.

Todo ello se produjo sin enfrentamientos abiertos ni violencia y está documentado, además de por los testimonios arqueológicos, por los famosos periplos que los navegantes Hanón e Himilcón realizaron por el Atlántico sur y norte respectivamente. Este comercio cartaginés está, por otra parte, atestiguado arqueológicamente no sólo en las vecinas ciudades etruscas del otro lado del mar, sino en lugares mucho más alejados como Corinto, Olimpia y en la misma Atenas.

En el curso de esta expansión marítima y comercial, Cartago alcanzó un puesto preeminente en el Mediterráneo, tanto en términos políticos como económicos, y como tal llegó a desarrollar una activa presencia en ultramar con el fin de garantizar el acceso a los puertos de comercio, propios o ajenos, de la amenaza de piratas u otros extranjeros hostiles, en un contexto en el que la piratería, la guerra corsaria o el pacífico comercio no eran incompatibles ni excluyentes. Debido a ello se estableció una estrategia de tratados y alianzas recíprocos, pero que con el tiempo se tornaron desiguales por el predominio marítimo que Cartago había alcanzado, creando de esta forma las condiciones para una efectiva supremacía que le permitía garantizar la protección del comercio de sus aliados y presionarles circunstancialmente, así como reorientar sus relaciones exteriores, dada su mayor presencia marítima y su presencia y capacidad de intervención en los escenarios internacionales. Una política similar a la que, un siglo más tarde, realizarían los atenienses en el Egeo al frente de la Liga de Delos sin recurrir tampoco, salvo circunstancialmente, a la conquista y a la violencia directa.

Un imperialismo, en suma, que puede ser calificado como hegemonía y dominación indirecta, muy distinto del practicado por los imperios orientales o, posteriormente, por la misma Roma, pero que permitía a Cartago hablar en nombre de sus aliados, así como endosarles parte del excedente de su población, según sabemos por Aristóteles, enviando otra parte como colonos (libiofenicios) a los territorios de ultramar. Que se trata de una estructura en donde las alianzas se establecen en plano de igualdad teórica, aunque en la práctica actúe la hegemonía de Cartago, se percibe en la inclusión de Tiro y Utica como aliados de los cartagineses en el tratado del 348 a. C.


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