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El culto

No sabemos mucho de las ceremonias religiosas, públicas y privadas, que podían incluir sacrificios y ofrendas, pero las tarifas sacrificiales de Cartago testimonian una precisa organización del culto y los sacrificios. Esta documentación evoca liturgias rígidas, con detalles que nos recuerdan la puntillosa minuciosidad de las prescripciones contenidas en el Levítico. El cumplimiento de los rituales exigia la presencia de todo un personal asistente, como escribas, cantores, músicos, iluminadores, barberos y matarifes. De todas ellas, se puede destacar la de la resurrección de Melkart, entre cuyos oficiantes se hallaban sufetes y grandes sacerdotes, lo que indica que estaba rodeada de fasto y prestigio, a pesar del papel secundario de esta divinidad en el panteón de Cartago.

Los sacrificios, expiatorios, de comunión y holocaustos, al igual que el resto de la vida religiosa estaban cuidadosamente reglamentados. El cargo de sacrificador -zbh- era probablemente público y renovado anualmente. Las ofrendas incluían animales clasificados por categorías en las que intervenían la edad y el tamaño, por lo que no hay que descartar que las presidiera un criterio alimenticio, ya que unas partes eran para los sacerdotes y otras para quién ofrecía el sacrificio. Bueyes, vacas, terneras y becerros, ovejas, carneros, moruecos y corderos, aves y, posiblemente, ciervos, pero, además, había otras ofrendas que podían ser de harina, de aceite o leche. También podían ofrecerse panecillos y dulces.

El culto podía ser publico o privado, comunitario, colectivo o individual. A las grandes fiestas que presidían el calendario y la vida política de la ciudad, se sumaban otras manifestaciones de piedad de los fieles, organizados bien en colegios o corporaciones que, como testimonian algunas inscripciones de Cartago y Mackatar -mzrh- , poseían una personalidad jurídica y que desarrollaban alguna clase de actividad política o municipal, o en asociaciones, como el caso de mrzh, conocido ya en el oriente fenicio, que tenían una actividad esencialmente religiosa. El culto privado, con los ritos y ofrendas que entrañaba, se podía realizar bien a nivel de linajes, familias o de simples individuos.

Templos y santuarios.
En Fenicia, como en otros muchos lugares, el templo se concebía como la morada del dios y albergaba una imagen, a menudo anicónica del mismo. En los bamah, o "lugares altos" cananeos la divinidad masculina era representada por un estela de piedra y la femenina por un cipo de madera. En Cartago, los templos, que se encontraban bajo el control de funcionarios gubernamentales, poseían grandes riquezas, cuyos titulares eran los dioses, e incluso esclavos, pero eran propiedad del conjunto de la comunidad cívica representada por la ciudad, al igual que los puertos o los arsenales. Así, en situaciones de emergencia el Estado cartaginés y sus gobernantes podían, en nombre de bien público, echar mano de sus recursos. De los numerosos templos y santuarios de Cartago ya hemos tratado en una entrada anterior dedicada a la topografía y el urbanismo de la ciudad.

El sacerdocio.
La estructura del clero estaba organizada en una jerarquía al frente de la cual se hallaban los grandes sacerdotes, título que también ostentaban algunas mujeres. Las más altas dignidades religiosas fueron desempañadas por familias de la aristocracia que, al igual que los cargos civiles, las trasmitían de padres a hijos como demuestran las inscripciones en las que mencionan su genealogía. Una estela del tofet menciona dieciséis generaciones de sacerdotes de Tanit. Pero nada permite pensar, pese al indudable prestigio del que gozaban, que hayan llegado a constituir una casta en el seno del aparato del Estado.

El resto de los ciudadanos podía acceder al sacerdocio subalterno y a los oficios auxiliares del clero. A su frente había siempre un sumo sacerdote -rb khnm- que ejercía, en cada templo, de jefe del colegio sacerdotal. Las mujeres, tanto sacerdotisas -khnt-, como grandes sacerdotisas -rb khnt- no estaban exentas de las tareas del culto. Había una auténtica especialización sacerdotal según conocemos por la existencia de una serie de títulos, como “peluquero del dios”, “despertador del dios”, “iluminador”, cuyas tareas solo en parte están claras. Entre el personal del culto había también esclavos y esclavas de muchas clases, que se encargaban de los menesteres más humildes.

Los sacerdotes recibían los beneficios que les procuraba el servicio religioso, en particular los sacrificios, y se han conservado algunas tarifas que especifican minuciosamente los honorarios debidos por los fieles para tales menesteres. El gobierno se ocupaba, asimismo, de la administración de la vida religiosa. En Leptis Magna esta documentada la existencia de un magistrado que representaba la potestad estatal en el estamento religioso, y es posible que tal cargo existiera también en Cartago. Los Ancianos de Cartago se encargaban de elegir una comisión de diez hombres “los diez que están al frente de lo sagrado”, con atribuciones para inspeccionar la construcción y restauración de los templos y otros monumentos. Otra comisión de treinta hombres, “los treinta varones que están al frente de los tribunales”, actuaba con absoluta independencia en asuntos tales como establecer la relación de las cantidades que había que retener de las ofrendas.

¿Culto a los héroes?.
Algunos indicios, empezando por la leyenda de Elisa, de la que se afirma que recibió culto después de muerta, permiten sospechar la existencia de algún tipo de culto a los héroes en Cartago. La tradición respecto a la fundadora de la ciudad ha sido recogida en la Antigüedad, además de por Justino, por el poeta Silio Itálico:

“En medio de la ciudad, dedicado a los Manes de Elisa, la fundadora, rodeada tradicionalmente por los tirios de una piedad respetuosa, cercado por un cinturón de tejos y pinos que, con su sombra lúgubre, esconden la luz del día, había un santuario. Es allí, dice la leyenda, que la reina habría dicho adios a los desvelos de la vida terrenal” (Púnica, I, 82-87).

Pero hay otros podibles testimonios, además del relato etiológico sobre los Altares de los Filenos, como el de Amilcar, derrotado en Himera en el 480 a. C., según nos cuenta Heródoto:

“...los bárbaros, dicen, estuvieron luchando contra los griegos desde el amanecer hasta bien avanzada la tarde (durante tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el enfrentamiento. Por su parte, Amilcar permanecía, entretanto, en su campamento y ofrecía sacrificios propiciatorios, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Y resulta que, cuando estaba realizando libaciones sobre las víctimas y vio que sus tropas se daban a la fuga, se arrojó a las llamas. Así fue en definitiva, como desapereció: quedó reducido a cenizas.
Pero ya desapereciera de la manera que dicen los fenicios, o de cualquier otra, lo cierto es que a Amilcar le ofrecen sacrificios y, además, le han eregido monumentos funerarios en todas las ciudades de sus colonias, el más importante de los cuales se encuentra en la propia Cartago” (VII, 167; TRAD. C. Schrader).

Una variante de este posible culto a los héroes sería el culto funerario que, según algunas hipótesis, habría tenido lugar en el tofet y del que sería un probable indicio una estela (CIS, 5780) que muestra una mujer tocada con una larga túnica plisada, en actitud de estar medio arrodillada y efectuando una libación con la jarra que sostiene en su mano derecha.