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Prejuicios antiguos y modernos

Existe toda una tradición historiográfica, que nace en la propia Antigüedad, en unos ambientes muy determinados relacionados con la tirania siciliota, empeñada en presentar a Cartago y sus gentes como un pueblo bárbaro y hostil, que ambicionaba dominar a los griegos. Una Persia de Occidente, frente a la que había que actuar como ante la amenaza oriental.

Fue el mismo Heródoto el primero que, en el siglo V a. C., denominó “bárbaros” a los cartagineses, aunque poniéndolo en boca de Gelón, tirano de Siracusa y enemigo de la ciudad griega de Himera, personaje por el que no muestra por cierto ninguna simpatía. Nada sabe aún el historiador de Halicarnaso de la existencia de una alianza entre los persas y los cartagineses. Respecto al sincronismo entre la batalla de Himera y la de Salamina, comenta que lo ha escuchado en Sicilia, y no le da más crédito que el que merece una simple coincidencia.

Unos diez años después de Himera escribía el poeta griego Píndaro su primera Pítica, para celebrar la reciente victoria en los juegos de Delfos de Hieron, tirano de Siracusa, hermano y sucesor de Gelón, que había extendido su poder sobre casi toda la Sicilia griega. En ella estableció, con un carácter marcadamente propagandístico, un paralelo entre aquel conflicto y la victoria obtenida en Cumas sobre los etruscos con los éxitos de los griegos contra los persas. De paso, invocaba, como se ha hecho tantas veces, el peligro externo que representaban los cartagineses y los etruscos, para justificar y legitimar el poder autócrata del tirano que lo había acogido.

Ya en el siglo IV a. C., Éforo, nacido en la misma Cumas, atribuyó la sincronía Himera-Salamina a una acción concertada entre persas y cartagineses, muy influido como estaba por la doctrina panhelénica del filósofo Isócrates, que propugnaba la unión de todos los griegos para hacer la guerra contra los persas. Y en la siguiente centuria, Timeo de Taormina, un griego siciliota declaradamente anticartaginés, creó en gran parte la imagen prototípica del detestable púnico, que se estableció desde entonces en la mente de muchos de sus compatriotas.

Más tarde, en el siglo I a. C., cuando ya habían tenido lugar las tres grandes guerras entre Cartago y Roma, Diodoro de Sicilia, deudor en gran medida de Timeo, retomaba de nuevo la idea de una alianza entre persas y cartagineses y realizaba una amplia exposición de las pretensiones de Cartago sobre Sicilia. No obstante, como era un concienzudo recopilador, dio noticia también de la existencia de facciones procartaginesas en las ciudades griegas de Selinunte y Agrigento hacia finales del siglo V a. C. y nos muestra como los conflictos posteriores fueron provocados por algunos personajes griegos a los que movía la ambición de poder, como Harmócrates o Dionisio de Siracusa, tomando totalmente por sorpresa a los cartagineses. También menciona la política de este último, convertido ya en tirano, que hizo cundir el descontento entre los griegos de la isla, muchos de los cuales se refugiaron en las ciudades fenicias de su región occidental, aliadas de Cartago, a fin de preservar su libertad. Así que, sin pretenderlo, nos abre las puertas a otro modo de ver las cosas.

Los romanos y quienes escribieron para ellos comprendieron que resultaba más sencillo cargar las culpas, no sobre Cartago en conjunto, sino sobre una familia de sus más afamados y prestigiosos generales. Así lo hizo Polibio, un liberto griego que se convirtió en ferviente partidario de Roma y en propagandista de los Escipiones. Resulta curioso y a la vez significativo comprobar como cuanto más antiguas son las fuentes romanas, hombres como Celio Antípater, Fabio Pictor, o el mismo Polibio, menos desfavorables resultan en su tratamiento de Amílcar Barca y su hijo Aníbal, mientras que las más tardías, Tito Livio, Valerio Máximo, Apiano o Cornelio Nepote, son cada vez más negativas, hasta llegar al estereotipo que nos presenta a Aníbal como un hombre, impío, cruel y pérfido, un auténtico, diríamos hoy, criminal de guerra.

Así pues, la imagen convencional que tenemos de Cartago y sus gentes, de su cultura y su historia, está condicionada en gran medida por una tradición marcadamente anticartaginesa que perdura desde la misma Antigüedad. Esta tradición, que pretende igualar a los cartagineses con otros pueblos "bárbaros", como los persas, considerándolos una amenaza para los griegos, fue elaborada y difundida por autores como, Píndaro, Éforo, Isócrates, Diodoro, Polibio y Plutarco, afianzándose de forma irreversible tras la victoria de Roma sobre Cartago y, como no, con la pérdida de los escritos cartagineses. Una visión tan negativa de aquel pueblo no fue compartida por otros autores de la Antigüedad como Heródoto, Tucídides, Eratóstenes o el mismo Aristóteles, y parece hoy ciertamente exagerada. Pero finalmente los romanos, que la tomaron de los griegos, impusieron su propio punto de vista, ayudados por sus victorias en el campo de batalla.

En muchas ocasiones vemos a las gentes de Cartago a través del estereotipo de comerciantes taimados, a los que solo mueve el afán de lucro. No sólo la opinión pública comparte este tópico, sino que muchos estudiosos del tema, y otros intelectuales, lo han hecho suyo sin el menor reparo. Citemos como ejemplo célebre a Chateaubriand, quien dice lo siguiente de los cartagineses:

"Sus principios militares se diferenciaban también esencialmente de los que dominaban en su siglo. Aquellos comerciantes africanos, encerrados en sus despachos, encomendaban a ciertas tropas mercenarias el cuidado de defender la patria. Compraban la sangre a precio de oro, adquirido con el sudor de la frente de sus esclavos, y de este modo convertían en provecho propio el furor y la imbecilidad de la raza humana.
Más lo que distinguía particularmente a los habitantes de las tierras púnicas, era su carácter mercantil. Ya habían enviado colonias a España. a Cerdeña a Sicilia y a lo largo de las costas del continente de Africa, cuya vasta circunferencia se habían atrevido a medir y hasta se habían aventurado a penetrar en el borrascoso mar de las Galias, descubriendo las islas Casitérides. A pesar del imperfecto estado de la navegación, la avaricia, más poderosa que las invenciones humanas, les había servido de brújula en los desiertos del océano".
(Historia de la revoluciones antiguas, Buenos Aires, 1945, p. 82).

Al igual que otros antes y después que él, Chateaubriand ha escuchado la voz de Roma y la de los enemigos de los cartagineses, sin prestar atención a quienes protagonizan su relato. No podía ser de otra forma, porque la voz de Cartago había sido silenciada para siempre. Lo que ha sido descrito como el “gran naufragio histórico de la literatura cartaginesa”, que implica el de su historia, contada casi siempre por sus rivales, nos impide conocer su punto de vista. Por eso la mayor parte de la gente no es responsable de muchos de estos estereotipos.

Tampoco toda la responsabilidad es de los autores antiguos y de sus particulares puntos de vista. Como ha puesto de relieve V. Krings, una serie de episodios locales, que unas veces ocurren en el N. de Africa, como el del espartano Dorio y su frustrado intento de fundar una colonia en la Sirte, el de Pentatlo en la Sicilia occidental, o el de Alalia, frente a las costas de Córcega, han sido redimensionados por la historiografía moderna atribuyéndoles un alcance que los textos antiguos no les conceden en momento alguno.

Sirvan como colofón estas palabras del gran historiador actual de Cartago W. Huss:

"Sin embargo, seguramente eran infundados los reproches generalizados y amplificados que griegos y romanos dirigían a los púnicos. Por lo demás, de los testimonios epigráficos y arqueológicos procedentes de Cartago hay que deducir que los valores de justicia, fraternidad, sentido familiar y religiosidad alcanzaron en la vida de este pueblo elevadas cotas"  (Los cartagineses, Madrid 1993, p. 32).

BIBLIOGRAFÍA

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