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La leyenda de la fundación

El relato de Trogo Pompeyo/Justino.
En cuanto a los motivos de la fundación de Qart Hadasht he aquí lo que se puede leer en el relato semilegendario , conservado en un autor tardío como Justino (XVIII, 4 ss) :

“Hacia esa época, murió el rey Mattán después de haber instituido herederos a su hijo Pigamalión y a su hija Elisa, joven virgen de una rara belleza. Pigmalión, a pesar de su extrema juventud fue llevado al trono por el pueblo, y Elisa se casó con Acerbas, su tío materno, sacerdote de Hércules, que ocupaba a este título el segundo rango en el Estado. Poseía inmensos tesoros que, temiendo la avaricia del rey, guardaba en el seno de la tierra y no en su palacio, y aunque el hecho no era conocido la fama de sus riquezas era grande. Impulsado por estos rumores y encendido por un deseo culpable, Pigmalión, a despecho de las leyes humanas y de los sentimientos naturales, asesinó a, quien a la vez era su tío y su cuñado.
Llena de horror por la muerte, Elisa supo sin embargo disimular su odio y, componiendo su semblante, prepararse para la huida. Se asocia en secreto a algunos de los grandes, como ella, enemigos del rey y presurosos por huir. Atacando entonces a su hermano por medio de la astucia, le anuncia el deseo de instalarse cerca de él, queriendo, dice, olvidar a su esposo y abandonar el palacio cuyo aspecto inoportuno, atizando siempre los recuerdos, reanima y perpetua su pesadumbre”.

Tras el asesinato de Acerbas, miembro también de la familia real, por Pigmalión, la joven Elisa, desposeída finalmente del trono al que había otra vez aspirado por su matrimonio con su tío materno, prepara en secreto la huida:

“Pigmalión consiente con placer a las proposiciones de su hermana, esperando recibir los tesoros de Acerbas. A la llegada de la noche, ella hizo embarcar con sus tesoros a aquellos que el rey había enviado con el fin de ayudar en los preparativos de la partida, gana el alta mar y les fuerza a arrojar a las olas sacos llenos de arena, que parecen contener los tesoros. Después, derramando lágrimas y conjurando tristemente el nombre de Acerbas, le conjura de tomar las riquezas que abandona, y de aceptar en sacrificio el oro que había causado su pérdida. Dirigiéndose enseguida a los enviados del rey, les dice que la muerte que le es reservada la anhela desde tiempo atrás, más que para ellos, horribles tormentos y crueles suplicios les esperan por haber defraudado la codicia del tirano por las riqueza de Acerbas, que había querido conseguir con un parricidio. Todos, espantados, consienten en exiliarse con ella. Numerosos senadores, cuya huida había sido preparada, vienen a sumarse a ella, e implorando por medio de los sacrificios el apoyo de Hércules, del que Acerbas había sido el pontífice, quieren buscar otra patria”.

Un sangriento enfrentamiento en el seno de la familia real de Tiro había propiciado, finalmente, el exilio de Elisa y sus partidarios. El relato prosigue con la llegada de la joven princesa a Chipre:

“Llegaron luego a la isla de Chipre, donde el gran sacerdote de Juno, dócil a las órdenes de los dioses, vino, con su esposa y sus hijos, a ofrecer a Elisa compartir su suerte, estipulando para el mismo y su posteridad un sacerdocio eterno. Esta condición pareció un presagio favorable. Era costumbre en Chipre, que en días señalados la jóvenes vírgenes vinieran junto a la orilla del mar para ganar la plata que engrosaría su dote sacrificando a Venus los restos de su virginidad. Alrededor de ochenta de ellas, tomadas por orden de Elisa, son llevadas sobre los navíos para convertirse en las esposas de sus jóvenes y ayudar a poblar su ciudad. No obstante Pigmalión, enterado de la huida de su hermana, se prepara para perseguirla y llevar contra ella sus armas impías, pero al final se deja calmar por las súplicas de su madre y las amenazas de los dioses, pues los adivinos le anuncian que no perturbará impunemente el establecimiento de una ciudad que el favor de los dioses distingue ya del resto del mundo. Los fugitivos debieron su salvación a estos oráculos”.

Tras la adhesión del gran sacerdote de Astarté, convertida en Juno por los romanos, y el reclutamiento de las ochenta jóvenes vírgenes, Elisa prosigue su viaje para alcanzar las costas del norte de Africa:

“Habiendo arribado a las costas de Africa, Elisa busca la amistad de los habitantes, que veían con gozo en la llegada de los extranjeros, una ocasión de tráfico y de intercambios mutuos. En seguida compra tanto terreno como pueda cubrir una piel de buey, para asegurar hasta su marcha un lugar de reposo a sus compañeros fatigados de una tan larga navegación. Después, haciendo cortar el cuero en bandas muy estrechas, ocupa más espacio que el que no habría podido solicitar. De allí vino más tarde a este lugar el nombre de Byrsa. Atraídos por la esperanza de ganancia, los habitantes de los lugares cercanos acudieron en tropel para vender sus géneros a estos nuevos huéspedes, estableciéndose junto a ellos, y su número creciente daba a la colina el aspecto de una ciudad. Los diputados de Utica, encontrando en aquellos a sus mayores, vinieron a ofrecerles presentes y les animaban a fundar una ciudad en el lugar que la suerte les había dado por asilo. Los africanos querían retener también a estos extranjeros entre ellos. Así, con el consentimiento de todos, Cartago es fundada; un tributo anual es el precio del terreno que ocupa. Comenzando a excavar sus cimientos se encuentra una cabeza de buey que presagia un suelo fecundo pero difícil de cultivar y una servidumbre eterna; se decide entonces levantar la ciudad en otro lugar y al excavar se encuentra una cabeza de caballo, símbolo de valor y de poder, que parecía consagrar el sitio de la nueva ciudad. Atraídos por la fama, numerosas gentes vinieron luego a poblarla y engrandecerla”.

El relato de Justino, que resume la obra mucho más amplia de Pompeyo Trogo escrita en tiempos de Augusto, prosigue con la demanda de esponsales por parte de un jefe africano, al que Elisa rechaza para terminar autoinmolándose en la pira sacrificial:

“Ya Cartago era rica y potente, cuando Hiarbas, rey de los Maxitanos, habiendo llamado junto a él a diez de los principales cartagineses les demanda la mano de Elisa, bajo amenaza de guerra. Los diputados, no osando llevar este mensaje a la reina, recurren, para sorprenderla, a la astucia cartaginesa. El rey, dicen, querría que alguno de ellos viniera a civilizar a los africanos y a su rey, más ¿quién podría consentir alejarse de sus hermanos para llevar la vida salvaje de estos bárbaros?. La reina les respondió por medio de reproches: temían sacrificar los goces de una vida tranquila a la salud de esta patria, a la cual debían, en caso de necesidad, sacrificar su propia vida. Fue entonces cuando la dieron cuenta de los propósitos del rey, añadiendo que, para salvar Cartago, debía seguir ella misma los consejos que acababa de darles. Sorprendida por esta artimaña, bañada de lágrimas y emitiendo sollozos lastimeros, invoca el nombre de su esposo Acerbas; en fin, ella promete ir donde la llamaba el destino de Cartago. Toma un plazo de tres meses, hace llevar a las puertas de la ciudad una gran pira, inmola numerosas víctimas destinadas, dice, a aplacar los manes de su esposo y a expiar su nuevo matrimonio. Después, armada de un puñal, se alza sobre la pira y, volviéndose hacia el pueblo, ‘dócil a vuestros deseos -dice- voy a reunirme con mi esposo’, se arroja a su seno”.

Esta misma tradición sobre la fundación de Cartago es recogida, aunque de una manera más breve, por Silio Itálico, autor en el siglo I de un poema sobre la que los romanos llamarían Segunda Guerra Púnica:

“En los tiempos pasados, Dido atraviesa las enormes olas para huir del país de Pigmalión, y abandonando un reino mancillado por el crimen de su hermano, llega a las riveras de Libia donde la empuja el destino. Allí compra tierras y construye una nueva ciudad sobre la porción de suelo que le fue permitida delimitar con una piel de buey cortada en tiras”. (Púnica I, 21-26).

Y lo mismo hace Virgilio en su Eneida (I, 336-368.):

"Tierra de púnicos es la que ves, tirios y la ciudad de Agénor,
y las fronteras con los libios, pueblo terrible en la guerra.
Tiene el mando Dido, de su ciudad tiria escapada
huyendo de su hermano. Larga es la ofensa, largos
los avatares; más seguiré lo más sobresaliente de la historia.
De ésta el esposo era Siqueo, el hombre más rico en oro
de los fenicios, y lo amó la infeliz con amor sin medida,
desde que su padre la entregara sin mancha y la uniera con el en primeros
auspicios. Pero el poder de Tiro lo ostentaba su hermano
Pigmalión, terrible más que todos los otros por sus crímenes.
Y vino a ponerse entre ambos la locura. Este a Siqueo,
impío ante las aras y ciego de pasión por el oro,
sorprende a escondidas con su espada, sin cuidarse
del amor de su hermana; su ación ocultó por mucho tiempo
y con mentiras y esperanzas vanas engañó a la amante afligida.
Pero en sueños se le presentó el propio fantasma de su insepulto
esposo, con los rasgos asombrosamente pálidos;
las aras crueles descubrió y el pecho por el hierro
atravesado, y desveló todo el crimen secreto de su casa.
La anima luego a disponer la huida y salir de su patria,
y saca de la tierra antiguos tesoros escondidos,
ayuda para el camino, gran cantidad de oro y plata.
Conmovida por ésto preparaba Dido su partida y a los compañeros.
Acuden aquellos que más odiaban al cruel tirano,
o que más le temían; de unas naves que dispuestas estaban
se apoderan y las cargan de oro. Se van por el mar
las riquezas del avaro Pigmalión; una mujer dirige la empresa.
Llegaron a estos lugares, donde ahora ves enormes murallas
y nace el alcázar de una joven Cartago,
y compraron el suelo, que por esto llamaron Birsa,
cuanto pudieron rodear con una piel de toro”.

Y en un fragmento de Timeo (frag. 23) encontramos que: “Elisa arriba finalmente a Libia, donde ella fue llamada Dido por los autóctonos, a causa de sus numerosas peregrinaciones”.


BIBLIOGRAFÍA

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