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La agricultura

Aunque en Cartago el comercio era, desde luego, una de las principales actividades económicas, no implica que no existiera la propiedad agrícola, incluida la de mediano y pequeño tamaño, o que ésta fuera insignificante. Muchos cartagineses eran seguramente propietarios agrícolas, y no necesariamente grandes propietarios. La importancia de la agricultura cartaginesa y los cuidados que se prodigaban a las tierras se percibe en la descripción de la campiña de Cartago en los textos antiguos y en el alto grado de competencia de los agrónomos cartagineses. El testimonio de Diodoro de Sicilia sobre las explotaciones agrícolas de Cabo Bon, con ocasión de narrar la invasión de Agatocles, no puede resultar más explícito:

“Todo el país que tenían que atravesar estaba jalonado de jardines y huertos regados por numerosos manantiales y por canales. Las casas de la campiña, bien construidas y blanqueadas con cal, bordeaban la ruta y mostraban en cualquier parte su riqueza. Las habitaciones estaban provistas de todo aquello que contribuye a los gozos de la vida y que una paz prolongada había permitido reunir a los moradores. La tierra era cultivada con viñas, olivos y un enjambre de árboles frutales”. (XX, 8, 2)

Muchas de estas explotaciones rurales contaban con mansiones fortificadas, como aquellas que poseía Aníbal Barca en el litoral de la Bizacena, y que los romanos llamaron castella o turris.

Los agrónomos cartagineses: Magón.
La explotación del territorio africano que había convertido a Cartago en un estado agrario, sin duda el mayor de su época, afectó a las relaciones de propiedad ya que una parte de esta tierra fue anexionada a la campiña cartaginesa. Como en otras partes la adquisición de tierra por medio de la conquista sirvió para reducir las fricciones sociales y para modelar una clase de campesinos notablemente conservadores.

Los cartagineses parecen haber concedido a la tierra y a su explotación un interés particular. La importancia de la agricultura cartaginesa se manifiesta en la orden dada por el Senado romano, tras la destrucción de la ciudad, de traducir al latín los veintiocho libros de agricultura de Magón, un tratado o enciclopedia con consejos técnicos prácticos sobre los tipos de suelos, el cultivo de cereales, olivos, vides y frutales, así como consejos sobre las técnicas de irrigación, injertos, podas, cuidado de huertos y la elaboración de vinos y aceite junto a la conservación y almacenaje de los frutos. El propio Columela le consideraba el padre de la ciencia agrícola, en la que, según su opinión los cartagineses habían sido muy versados:

“No se ha de ocultar a un labrador los demás preceptos de la agrícultura, que habiendo sido dados muchísimos de ellos por escritores cartagineses, nuestros cultivadores hacen ver que muchos de ellos son falsos. Pongamos por ejemplo a Tremelio, que quejándose de esto mismo, lo excusa diciendo que siendo el suelo y el clima de Italia y Africa de diversa naturaleza, las tierras no pueden dar los mismos frutos”. (I, 1, 6; TRAD. C.J. Castro)

La importancia del tratado de agricultura de Magón queda también reflejada en las sucesivas traducciones que se hicieron del mismo. Una en griego, y algo abreviada, en torno al año 88 a. C. Esta versión fue luego abreviada en seis libros por Diófanes de Nicea, a mediados del siglo I a. C. Aún en tiempos de Pompeyo se hizo un nuevo resumen de la misma. Mucho más tarde, en la compilación de Casiano Baso, conocida como Geopóntica, se encuentran aún extractos de la obra de Magón, en pleno siglo IV de nuestra era.

Las explotaciones agrícolas, en las que destacaban la horticultura y la arboricultura, eran trabajadas por esclavos y por hombres libres similares a los aparceros. Algunas alusiones a las formas de propiedad y producción han sido también interpretadas a favor de las posible existencia de una forma de trabajo agrícola análoga al colonato romano. El propio Magón aconsejaba en contra del absentismo de los propietarios; he aquí su testimonio según lo recoge Columela:

“Esto es, según creo, lo que quiso dar a entender el cartaginés Magón, poniendo al frente de sus escritos esta sentencia ‘El que comprare una heredad en el campo, venda su casa no sea que quiera vivir más bien en ésta que en la de aquella, porque el que prefiere habitar en la ciudad, no tienen necesidad de posesión en el campo’. Precepto que si se pudiera observar en estos tiempos, no lo alteraría yo”. (I, 1, 89; TRAD. C.J. Castro)

Dirigida por capataces debidamente instruidos, esta mano de obra aplicaba unos conocimientos mediante los cuales los cartagineses, hábiles como sus antecesores fenicios en todo tipo de cultivos frutales, habían llegado a introducir variedades más rentables, adaptando mediante injertos las plantas silvestres que, como los almendros, las higueras, los granados, los olivos o las viñas, existían en estas tierras africanas. Organizada sobre bases racionales, conocimientos prácticos e innovaciones técnicas —como la prensa de aceite o el plostellum punicum, una especie de trilladora— toda esta producción, y sobre todo la oleicultura y la vinicultura, contribuyó a aumentar la riqueza de Cartago.

Viticultura y oleicultura.
En el siglo V a. C. los cartagineses aún importaban aceite de Sicilia, así como vino, particularmente de Agrigento. De una noticia de Diodoro (XIII, 81, 4-5) podemos deducir que a finales del mismo siglo el cultivo sistemático de árboles frutales no había sido aún introducido en las tierras del norte de Africa, pero ya era una realidad en el 310 a. C., cuando la invasión de Agatocles. El mismo autor nos hace saber (XX, 8, 4; 79, 5) que en el 306 a. C. los cartagineses exportaban ya sus excedentes de cereales.

Algunos consejos sobre viticultura de Magón son recogidos por Columela:

“Demócrito y Magón alaban la parte septentrional del cielo, porque piensan que las viñas que miran hacia ella se hacen muy fértiles, pero que en la bondad del vino las vencen las demás...Lo que debe hacer el que planta (una viña) es: lo primero, trasladar desde el plantel la planta muy reciente, y si puede ser en el mismo momento que quiera ponerla, procurando sacarla con cuidado y entera; enseguida podarla por entero, como si fuera una vid vieja, dejándola reducida a un sarmiento solo muy fuerte, y alisarle los nudos y las cicatrices, y si también se lastimaran algunas raíces al sacarlas, lo cual se evitará, poniendo mucho cuidado, cortarlas. Finalmente, ponerla encorvada de manera que las raíces de las dos vides no se entrecrucen entre si; esto es fácil precaverlo poniendo transversalmente en el suelo del hoyo algunas piedras de un peso que no pase de cinco libras cada una. Estas parece que separan de las raíces las aguas del invierno y las preservan de los calores del estío, como lo escribe Magón, al cual sigue Virgilio... El mismo autor cartaginés prueba que el orujo de la uva mezclado con estiércol da fuerza a las plantas puestas en el hoyo, porque el primero la provoca y excita a echar raicillas nuevas, y el último suministra calor en los inviernos fríos y húmedos a los hoyos, y en el estío da alimento y humedad a las plantas...
El cuidado de la plantación no deber ser otro que el que he descrito en el tercer libro. Sin embargo, el cartaginés Magón añade a este método una cosa, y es que las plantas se pongan de manera que no se llene el hoyo enteramente de tierra, sino que se deje desocupada la mitad, poco más o menos, y que en los dos años siguientes se vaya llenando poco a poco, pues cree que de esta suerte se obliga a la vid a echar raíces hacia abajo”. (III, 12, 5; 15; V, 5, 4; TRAD. C.J. Castro)


En el mismo autor se ha conservado la receta para la elaboración de un vino de gran calidad y fama, el pasum, que todavía hoy se sigue haciendo en algunos lugares del norte de Africa:

“Magón prescribe que el excelente vino de pasas se haga del siguiente modo que es tal como lo he hecho también yo mismo. Se debe coger la uva temprana bien madura, desechar los granos secos o defectuosos, clavar en el suelo, a una distancia de cuatro pies, unas horquillas o estacas que se unen entre si por medio de varales, para que sostengan cañas que se pondrán sobre ellas. Encima de éstas se extenderán las uvas al sol, y de noche se cubrirán para que no les caiga la rociada. Luego que se hayan secado, se desgranarán y se echarán los granos en una tinaja o tinajilla, y en la misma se echará mosto exquisito, de manera que queden enteramente cubiertos. A los seis días, luego que lo hayan embebido hasta hincharse, se meterán en un capacho pequeño y se estrujarán en la prensa, y se recogerá el vino que hayan dado. A continuación, se pisará el orujo, después de haberle echado mosto muy reciente de otras uvas que habrás asoleado durante tres días, y se revolverá bien el orujo con el mosto, y por último se pondrá debajo de la prensa y se echará al instante este segundo vino en vasijas, que se taparán para que no se haga más áspero. Después, al cabo de veinte o treinta días, así que haya dejado de hervir, se pasará a otras vasijas e inmediatamente se asegurarán las tapaderas con yeso, y se les pondrá encima un pedazo de cuero”. (XII, 39, 1; TRAD. C.J. Castro)

Plinio, por su parte, ha conservado algunos de los consejos de Magón sobre la plantación y el cuidados de los olivos:

“...pero en Africa se cuenta que hay muchos olivos llamados miliarios por el peso del aceite que dan anualmente. Magón también prescribe un intervalo (entre cada uno de ellos) de setenta y cinco pies, o de cuarenta y cinco al menos en suelo delgado, seco y aireado...Magón recomienda plantarlos sobre las lomas, en terreno seco y arcilloso, entre el otoño y el solsticio de invierno, en terreno duro y regado o un poco más húmedo, de la siega al solsticio de invierno”. (N.H., VII, 93 y 128)

Los cereales.
Las tierras africanas de Cartago eran muy aptas para el cultivo de cereales, cuyas cosechas estaban además aseguradas por la pluviosidad media anual. En este sentido los fenicios de Cartago no fueron innovadores. La agricultura cerealista era ya practicada por las poblaciones africanas antes de la fundación de la ciudad. El tipo de arado que se utilizaba, sencillo y relativamente ligero y manejable, mantenido por los púnicos y reconocible aún en la actualidad - si bien realizaba una roturación no muy profunda del suelo, precisamente por ello, contribuía a mantener su fertilidad. La cama, o flecha curva, terminada en una mancera que el labrador sostenía con la mano, se prolongaba horizontalmente en un dental en cuya parte delantera se encajaba la reja, la única pieza metálica de esta herramienta. Detrás de ella, y a ambos lados, una tabla atravesaba lateralmente el dental y hacía las veces de rodillo. un timón de tiro se encajaba en la cama por medio de clavijas de madera.

La agricultura de cereales, a la que los sesenta y seis pasajes de la obra de Magón, recogidos por Columela, Varrón y Plinio, no dedican más que unas breves alusiones, se practicaba, sobre todo, en la región de las Grandes Llanuras, en el medio Mejerdah, y en aquellas de la Bizacena y las de los alrededores de Zaghouan, Hadrumeto y Aggar. Se cultivaba un trigo de gran calidad y alto rendimiento que daba, en palabras de Varrón (I, 44, 1) “ciento por uno”. La misma Cerdeña parece haber constituido el granero de emergencia de Cartago. Los análisis faunísticos, antracológicos y polínicos efectuados en Tharros señalan un cambio ostensible en la vegetación de la zona hacia los siglos V-IV a. C. con la progresiva desaparición del bosque mediterráneo en el entorno del yacimiento y su sustitución por cereales como el trigo y la cebada, legumbres, como habas y guisantes, y frutales, como perales y granados. Pero no sabemos aún que relación puede tener todo ello con la política agraria de Cartago.