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Los dioses

La religión era un aspecto muy importante de la vida y la cultura de los cartagineses, que, como buenos semitas, se mostraron profundamente piadosos y notablemente conservadores en sus creencias y en sus prácticas. Su universo religioso respondía al de sus ancestros fenicios, con algunas influencias, que fueron asimiladas y reelaboradas, procedentes de su entorno mediterráneo, particularmente egipcias y griegas. Su alcance, sin embargo, fue limitado y superficial, sin qué podamos hablar de un proceso de helenización de la religión púnica.

Ba‘al Hammon.

En Cartago la principal divinidad era Ba‘al Hammon, atestiguado también en las estelas y dedicatorias del N. de Africa, Sicilia, Cerdeña y Malta. Originario de Oriente, algunos investigadores señalan sus relación con el fuego o el calor, “el Señor del altar de los perfúmes” o, más bien, “el Señor de las ascuas”, mientras que otros lo interpretan como “Señor del Amanus”, una divinidad atmosférica relacionada con la tormenta y la lluvia. Todas estas interpretaciones de su teónimo nos hablan de su personalidad rica y compleja.


Su identificación posterior con el Saturno romano, bajo cuya forma pervivió en el norte de Africa mucho tiempo después de la destrucción de Cartago, sugiere que era el protector y garante de la prosperidad de la ciudad y que al mismo tiempo poseía aspectos relacionados con la regeneración y la fecundación. Su iconografía era la de un dios barbado tocado con la tiara y sentado sobre un trono.

Tanit.
La diosa Tanit, de origen oriental, aunque durante mucho tiempo se creyó que era una divinidad exclusivamente africana, era la consorte de Ba´al Hammon en el panteón cartaginés. La supremacía absoluta de Ba‘al-Hammón, documentada en las inscripciones más antiguas del tofet, comienza a ser desplazada desde finales del siglo V y comienzos del IV a. C., por la aparición conjunta de la diosa Tanit. A partir de entonces, la importancia que va adquiriendo es cada vez mayor, apareciendo incluso frecuentemente sola en las inscripciones. Estas le dan el epíteto de “cara de Ba‘al” y por una de ellas sabemos de la existencia de un templo dedicado a Astarté y a Tanit del Líbano.

Fuera de Cartago aparece asociada a Astarté en el templo de Tas es-Silg, en Malta. Su iconografía es rica pero de difícil interpretación, destacando sobre todo el famoso “signo de Tanit”, un triángulo coronado en su vértice por una raya horizontal, que en ocasiones tiene los extremos levantados, y rematado por un círculo, en el que se ve una esquematización realista de la imagen oriental de la diosa desnuda o de la hieródula de los brazos extendidos, muy frecuentes en Siria y Canaán a finales de la Edad del Bronce.


Tanit era una divinidad de carácter ctónico a la que se han atribuido rasgos escatológicos. Según G. Garbini, los cartagineses habían adoptado el culto de la sidonia Tanit, hipóstasis de Astarté, a raíz del paso de la monarquía, si admitimos que alguna vez existió en Cartago, a la oligarquía, para distanciarse de Tiro, donde Melkart era la divinidad más importante. Otros explican la creciente popularidad de la Tanit en Cartago como consecuencia de su conversión en un estado agrario. También se ha señalado que la población de origen sidonio que llegó a la ciudad tras la conquista asiria fue la responsable de la introducción de su culto.

Melkart.
Otros dioses presentes en el panteón cartaginés eran Eshmún que, junto con Astarté, figura profusamente en la composición de muchos teóforos púnicos, Ba‘al Shamin, Ba‘al Haddad y Melkart. Respecto a este último, que fue asimilado con el Heracles griego, su presencia, tan antigua como los mismos orígenes de la ciudad, está documentada tanto en la onomástica como en las inscripciones, que aluden a él en ocasiones como “resucitador de la divinidad, esposo de Astarté”, pero, a diferencia de Tiro, ocupó en Cartago un papel secundario hasta que la influencia política de los Bárquidas, que lo convirtieron en su divinidad familiar, lo situó de nuevo en un primer plano.

Las divinidades extranjeras.
Respecto a los dioses extranjeros, en los primeros años del siglo IV a. C., se introdujo de forma oficial entre los cartagineses el culto a Demeter y Core, dos divinidades griegas de la fertilidad y el mundo subterráneo, según sabemos por Diodoro de Sicilia. Sus templos en las afueras de Siracusa habían sido profanados por las tropas de Himilcon durante el sitio de ésta en el 396 a. J. C., lo que, se dice, le atrajo la cólera divina y el posterior desastre en el campo de batalla. Parece que los dioses de Egipto, país con el que se mantuvieron frecuentes y buenas relaciones y cuya influencia está presente en diversos aspectos de la vida de Cartago, también tuvieron cierta presencia, según atestiguan los teóforos de muchos cartagineses, aunque es imposible establecerla con un mínimo acierto.