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El comercio

Está fuera de dudas que la confederación marítima liderada por Cartago respondía, sobre todo, a la necesidad de acceder a fuentes estables de aprovisionamiento de alimentos, productos suntuarios para consumo de la élite socio-política y, claro está, materias primas, fundamentalmente metales. El comercio constituía sin duda alguna una fuente importante de ganancias, pero en Cartago, como en cualquier otra parte, la tendencia general consistía en reinvertir dichas ganancias en la adquisición de tierras o en los préstamos con interés.

Comerciantes y mercaderes.
El comercio a gran escala, era dirigido por compañías pertenecientes a la aristocracia. Financiaban las compras, fletaban los barcos y se hacían cargo de los costes de transporte y almacenamiento. Comerciantes y mercaderes se hallaban muy especializados. Por sus propias inscripciones, bien funerarias o votivas, conocemos a los mercaderes de oro, de perfumes, de hierro, de marfil, de lino y de salazones, entre otros. La presencia de los comerciantes cartagineses está documenta en los textos antiguos, en la epigrafía y por los resultados de la investigación arqueológica, en lugares tan diversos como Menfis, en Egipto, Siracusa, Selinunte y Agrigento, en Sicilia, Corinto o Atenas, en Grecia, además de las ciudades etruscas y la misma Roma arcaica.

Parece que residían en sectores o barrios específicos, seguramente como metecos -extranjeros que no gozaban de los derechos políticos- pero que desarrollaban una importante actividad económica local. Algunas ánforas descubiertas en Cartago llevaban un nombre púnico escrito con carácteres helénicos, lo que parece indicar que su contenido (¿aceite o vino?) estaba destinado a ser vendido entre los griegos.

En la propia Cartago aparecen mencionados a menudo en las inscripciones, con fórmulas como "jefe de mercaderes", "negociante de la ciudad", "mercader de oro", "mercader de perfumes", mercader de hierro", "mercader de marfil", "mercader de aceite", "mercader de rosa aromática", lo que nos proporciona una somera idea de la organización jeraáquica y la especialización que parecen haber caracterizado sus actividades.


Las mercancías.
Las mercancías se obtenían de las manufacturas cartaginesas, de los productos de la agricultura púnica sobre las tierras conquistadas en el norte de Africa, así como de aquellos que llegaban de diversas procedencias. Los metales de la Península Ibérica, plata, hierro y cobre, el estaño de las Casitérides, y el oro africano arribaban a sus puertos, y también el vino y el aceite de Agrigento, el afamado vino de Rodas, cerámicas de Atenas y del sur de Italia, así como las salazones de pescado, que alcanzaron gran fama en todo el mundo antiguo, sobre todo las más refinadas, como el celebrado garum. La producción de las factorías de salazón ibéricas y africanas se centralizaba en Gadir y Lixus respectivamente, y desde allí eran enviadas a Cartago que luego las distribuía por distintos lugares del Mediterráneo, según algunos testimonios, como el de Timeo, a quien se achaca un pasaje atribuido a Aristóteles:

“Dicen que los fenicios que habitan la llamada Gadira, cuando navegan más allá de las Columnas de Heracles, con viento de Levante arriban en cuatro días a unos lugares desiertos, llenos de algas y de ovas que durante la bajamar no se ven cubiertos, pero que se inundan con la pleamar. Y que en ellos se encuentra una extraordinaria cantidad de atunes de increíble tamaño y grosor, cuando se quedan varados. Una vez que los salazonan y envasan los llevan a Cartago. Son estos los únicos que no explotan los cartagineses, ya que por la calidad que tienen como alimento, los consumen ellos mismos”. (Ps. Aristóteles, Mirabilia, 136; TRAD. A. Bernabé)

Omitimos a menudo el, sin duda, importante comercio de esclavos en el que participaron activamente los cartagineses, como tantos otros pueblos de la Antigüedad. Se trata de un comercio que deja poca o ninguna traza arqueológica, aunque si pingües beneficios para quienes lo practicaban, como tampoco la dejan otras mercancías menos singulares, como es el caso de la sal, la púrpura y los tejidos lujosos, una producción típicamente fenicia y también cartaginesa.

La organización del comercio.
Una estrategia del comercio fenicio y cartaginés en territorio africano consistía en aproximar la producción de aquellas mercancías que, por su naturaleza y volumen, más incrementaban los costes de transporte y almacenamiento, lo más posible a los lugares de intercambio.
En muchas ocasiones el comercio precisaba de la ayuda de los poderes públicos. Las distancias en días de navegación, dados los medios técnicos disponibles, eran grandes, los riesgos, aunque muchos de naturaleza extraeconómica, elevados, y los particulares por sí solos apenas podían hacer nada sin la intervención eficaz de las autoridades. Amenazas como la piratería o el bandidaje, para los que no existían siempre unos límites bien definidos, eran realidades concretas a las que había que hacer frente. Una solución era el llamado comercio administrado que se regía por pactos y acuerdos diplomáticos más que por tratados comerciales. Sin la participación de las autoridades era difícil lograr garantías de gozar cierta seguridad en los puertos visitados.

En muchos otros casos era necesaria protección militar frente al bandidaje o la piratería. Otras veces, se precisaban acuerdos políticos con las autoridades de determinados territorios que había que atravesar o donde establecerse. Las disposiciones procedían de los centros oficiales y las autoridades públicas (templos, palacios, gobiernos), y las equivalencias, que muchas veces podían sustituir a los precios, se encontraban reguladas por medio de disposiciones legales. Las mismas autoridades que establecían las equivalencias, garantizaban mediante pactos y tratados el libre acceso de los mercaderes a los lugares donde se realizaban los intercambios, así como la limpieza en las transacciones que solían efectuarse en presencia de algún tipo de funcionario o magistrado. En el primer tratado romano-cartaginés se dice que un funcionario público será garante de las transacciones efectuadas en Africa y Cerdeña.

Comercio silencioso.
En algunos lugares del norte del Africa atlántica el comercio cartaginés parece haber adquirido un carácter especial, como leemos en Herodoto:

"Los cartagineses cuentan también la siguiente historia: en Libia, allende las Columnas de Heracles hay cierto lugar que se encuentra habitado, cuando arriban a ese paraje, descargan sus mercancías, las dejan alineadas a lo largo de la playa y acto seguido se embarcan en sus naves y hacen señales de humo. Entonces los indígenas, al ver el humo, acuden a la orilla del mar, y, sin pérdida de tiempo, dejan oro como pago de las mercancías y se alejan bastante de las mismas. Por su parte, los cartagineses desembarcan y examinan el oro; y si les parece un precio justo por las mercancías, lo cogen y se van; en cambio, si no lo estiman justo, vuelven a embarcarse en las naves y permanecen a la expectativa. Entonces los nativos, por lo general, se acercan y siguen añadiendo más oro hasta que los dejan satisfechos. Y ni unos ni otros faltan a la justicia; pues ni los cartagineses tocan el oro hasta que, a su juicio, haya igualado el valor de las mercancías, ni los indígenas tocan las mercancías antes de que los mercaderes hayan cogido el oro". (I, 196 ss; TRAD. C. Schrader)

Se trata de un ejemplo claro del denominado comercio silencioso con el que se pretende evitar tensiones y conflictos en situaciones caracterizadas por la desconfianza mutua, que puede estar inducida por las diferencias culturales y lingüísticas, distintas formas de economía e intercambios, el temor a los extranjeros, etc. En este caso, la actitud de los autóctonos podría estar justificada por el miedo de que los cartagineses actuaran como cazadores de hombres, apresándoles para venderles luego como esclavos en cualquier lugar del Mediterráneo, como ha sugerido F. López Pardo.

Hay algunas referencias en los textos antiguos sobre la captura de esclavos en el país de los garamantes que pueden apoyar esta hipótesis. Según el mismo Heródoto:

“Los susodichos garamantes, además, dan caza con sus cuadrigas a los etíopes trogloditas, pues, por las historias que nosotros hemos oído contar, cabe afirmar que los etíopes trogloditas son los hombres más rápidos del mundo a la carrera”. (IV, 183, 4; TRAD. C. Schrader)