¡Bienvenidos a Qarthadasht!
En uno de los lugares más bellos de la costa mediterránea africana existió en otro tiempo una ciudad cosmopolita, próspera y orgullosa. Durante siglos dominó los mares hasta ser vencida primero y destruida, después, por la que se había transformado en su gran adversaria, Roma. Fundada por fenicios de Tiro en el último cuarto del siglo XI a. C., se convirtió en el centro de una poderosa confederación marítima y, más tarde, en un estado agrario de grandes dimensiones territoriales. Su cultura, mezcla fecunda de influencias y experiencias de distinto origen, africanas, egipcias, etruscas, griegas, aunque de fuertes raíces orientales, trascendió sus límites urbanos para impregnar profundamente buena parte del Africa nordoccidental, perviviendo en algunas diversas manifestaciones varios siglos después de haber desaparecido. Su nombre en lengua fenicia, Qart Hadasht, fue traducido por los griegos como Karjedón y por los romanos en Cartago.

Su evolución política la llevó desde un sistema oligárquico dirigido por una serie de familias principales que presumiblemente descendían de los primeros colonizadores a otro de corte aristocrático, soportando en el siglo VI a. C. el intento de instaurar una tiranía y padeciendo el papel preponderante de los Magónidas -en muchos aspectos similar al de los tiranos griegos- hasta alcanzar finalmente una "república aristocrática", y, tras un postrero intento de golpe de estado, una democracia parangonable hasta cierto punto a la romana. Su propia proyección externa, en fin, realizada hasta el siglo III a. C. con métodos que primaban en muchos casos las alianzas y pactos desiguales sobre la conquista y la agresión directa está más cerca de las polis mediterráneas que de un imperio militar y expansivo.

En el curso de su historia los cartagineses alcanzaron un puesto preeminente en el Mediterráneo, llegando a tener una activa presencia en ultramar. Se trataba, sobre todo, de comercio, lo que exigía garantizar a comerciantes y mercaderes el acceso a los puertos, propios o ajenos, frente a amenazas como la piratería o la presencia de extranjeros hostiles, que entonces eran muy reales, en un contexto en el que la piratería, la guerra corsaria o el comercio pacífico no eran actividades incompatibles para quien las practicara.

Así que los cartagineses se afanaron en una una serie de tratados y alianzas recíprocas buscando la seguridad, pero que con el tiempo se tornaron desiguales por el predominio marítimo alcanzado por Cartago, creando de esta forma las condiciones para una supremacía, no sólo técnica sino también política, que les permitía garantizar la protección del comercio de sus aliados y, por tanto, presionarles circustancialmente, así como influir notablemente en la configuración de las relaciones externas. Una política similar a la que, un siglo más tarde, pondrían en marcha los atenienses al frente de la Liga de Delos sin recurrir tampoco, salvo circustancialmente, a la conquista y a la violencia directa.

Destruida de forma inmisericorde Cartago sobrevivió, sin embargo, a su ruina en el espíritu de sus gentes, en su lengua, sus costumbres, sus creencias religiosas. Tras su destrucción por las tropas de Escipión en la primavera de 146 a. C. fue reconstruida, casi cien años más tarde, como colonia romana, para convertirse en la capital de la nueva provincia. Bajo la dinastía de los Severos vivió la Cartago romana su época de esplendor. En el 439 fue ocupada por los vándalos, que luego serían expulsados por los bizantinos. La segunda y definitiva destrucción ocurrió en el 698 con la ocupación árabe de las tropas del califa Abd el- Melek. Pero durante todo este tiempo la Cartago púnica no se había aún extinguido por completo.

Sabemos por una inscripción neopúnica que los ciudadanos de Mactar, a los que en otros documentos epigráficos se les aplica aún el título púnico de baalim, los “notables”, habían consagrado un santuario a Astarté, que seguiría siendo adorada como Venus. Tanit, la vieja diosa tutelar de Cartago, adoptó el nombre de Juno Caelestis y Ba`al Hammon el de Saturno, divinidad que gozó de una enorme popularidad en el Africa romana, sobre todo en los medios rurales.

Si las ideas y creencias religiosas pervivieron es porque la lengua y el pensamiento no habían desaparecido. Durante al menos otros dos siglos y medio después de la destrucción de la ciudad siguió utilizándose en el norte de Africa una escritura “neopúnica” cursiva. Luego, cuando a finales del siglo I, se perdió definitivamente, se siguió escribiendo púnico aunque en caracteres latinos, como demuestran las inscripciones procedentes de la Tripolitania. La lengua de Cartago se seguía hablando en muchas partes.

A comienzos del siglo V, San Agustín, otro ilustre africano, la consideraba, al igual que el latín, la lengua de los cristianos de Africa. El mismo poseía algunos conocimientos de ella, condición necesaria para ejercer el sacerdocio entre las poblaciones rurales de su país. El obispo de Hipona también nos cuenta que, en una ocasión, al interrogar a sus paisanos sobre su identidad, estos le respondieron en lengua púnica que eran “cananeos”.

La influencia de la agricultura púnica alcanzó asimismo la época árabe, en parte porque los romanos de manera muy pragmática se apresuraron a traducir al latín la obra de agronomía de Magón, con el fin de rentabilizar al máximo sus recientes conquistas africanas, con lo que los preceptos de la agricultura cartaginesa se siguieron aplicando sobre las mismas tierras, aunque con distintos dueños, y en parte porque de las distintas traducciones, al latín y al griego, de aquella obra algo llegó a través del tratado de Ibn al-Awan, escrito en el siglo XI.

Tampoco las instituciones cartaginesas desaparecieron tras la conquista romana. En Mactar, que en otro tiempo había sido el centro administrativo de uno de los distritos territoriales del “imperio” africano de Cartago, aún en la segunda mitad del siglo I los magistrados municipales eran sufetes, lo que también ocurría en otros lugares como Thugga, Leptis Magna o Cirta. La antroponimia revela igualmente esta pervivencia, bajo el manto aparente de la romanización, de la vieja cultura púnica. No es difícil encontrar en la onomástica del Africa romana de los primeros siglos de nuestra era nombres púnicos, junto con otros de ascendencia africana. La presencia cartaginesa, de más de mil años de antigüedad, se mantenía con éxito en los que habían sido los territorios de Cartago, a pesar del triunfo militar y político de Roma.

Prejuicios antiguos y modernos

Existe toda una tradición historiográfica, que nace en la propia Antigüedad, en unos ambientes muy determinados relacionados con la tirania siciliota, empeñada en presentar a Cartago y sus gentes como un pueblo bárbaro y hostil, que ambicionaba dominar a los griegos. Una Persia de Occidente, frente a la que había que actuar como ante la amenaza oriental.

Fue el mismo Heródoto el primero que, en el siglo V a. C., denominó “bárbaros” a los cartagineses, aunque poniéndolo en boca de Gelón, tirano de Siracusa y enemigo de la ciudad griega de Himera, personaje por el que no muestra por cierto ninguna simpatía. Nada sabe aún el historiador de Halicarnaso de la existencia de una alianza entre los persas y los cartagineses. Respecto al sincronismo entre la batalla de Himera y la de Salamina, comenta que lo ha escuchado en Sicilia, y no le da más crédito que el que merece una simple coincidencia.

Unos diez años después de Himera escribía el poeta griego Píndaro su primera Pítica, para celebrar la reciente victoria en los juegos de Delfos de Hieron, tirano de Siracusa, hermano y sucesor de Gelón, que había extendido su poder sobre casi toda la Sicilia griega. En ella estableció, con un carácter marcadamente propagandístico, un paralelo entre aquel conflicto y la victoria obtenida en Cumas sobre los etruscos con los éxitos de los griegos contra los persas. De paso, invocaba, como se ha hecho tantas veces, el peligro externo que representaban los cartagineses y los etruscos, para justificar y legitimar el poder autócrata del tirano que lo había acogido.

Ya en el siglo IV a. C., Éforo, nacido en la misma Cumas, atribuyó la sincronía Himera-Salamina a una acción concertada entre persas y cartagineses, muy influido como estaba por la doctrina panhelénica del filósofo Isócrates, que propugnaba la unión de todos los griegos para hacer la guerra contra los persas. Y en la siguiente centuria, Timeo de Taormina, un griego siciliota declaradamente anticartaginés, creó en gran parte la imagen prototípica del detestable púnico, que se estableció desde entonces en la mente de muchos de sus compatriotas.

Más tarde, en el siglo I a. C., cuando ya habían tenido lugar las tres grandes guerras entre Cartago y Roma, Diodoro de Sicilia, deudor en gran medida de Timeo, retomaba de nuevo la idea de una alianza entre persas y cartagineses y realizaba una amplia exposición de las pretensiones de Cartago sobre Sicilia. No obstante, como era un concienzudo recopilador, dio noticia también de la existencia de facciones procartaginesas en las ciudades griegas de Selinunte y Agrigento hacia finales del siglo V a. C. y nos muestra como los conflictos posteriores fueron provocados por algunos personajes griegos a los que movía la ambición de poder, como Harmócrates o Dionisio de Siracusa, tomando totalmente por sorpresa a los cartagineses. También menciona la política de este último, convertido ya en tirano, que hizo cundir el descontento entre los griegos de la isla, muchos de los cuales se refugiaron en las ciudades fenicias de su región occidental, aliadas de Cartago, a fin de preservar su libertad. Así que, sin pretenderlo, nos abre las puertas a otro modo de ver las cosas.

Los romanos y quienes escribieron para ellos comprendieron que resultaba más sencillo cargar las culpas, no sobre Cartago en conjunto, sino sobre una familia de sus más afamados y prestigiosos generales. Así lo hizo Polibio, un liberto griego que se convirtió en ferviente partidario de Roma y en propagandista de los Escipiones. Resulta curioso y a la vez significativo comprobar como cuanto más antiguas son las fuentes romanas, hombres como Celio Antípater, Fabio Pictor, o el mismo Polibio, menos desfavorables resultan en su tratamiento de Amílcar Barca y su hijo Aníbal, mientras que las más tardías, Tito Livio, Valerio Máximo, Apiano o Cornelio Nepote, son cada vez más negativas, hasta llegar al estereotipo que nos presenta a Aníbal como un hombre, impío, cruel y pérfido, un auténtico, diríamos hoy, criminal de guerra.

Así pues, la imagen convencional que tenemos de Cartago y sus gentes, de su cultura y su historia, está condicionada en gran medida por una tradición marcadamente anticartaginesa que perdura desde la misma Antigüedad. Esta tradición, que pretende igualar a los cartagineses con otros pueblos "bárbaros", como los persas, considerándolos una amenaza para los griegos, fue elaborada y difundida por autores como, Píndaro, Éforo, Isócrates, Diodoro, Polibio y Plutarco, afianzándose de forma irreversible tras la victoria de Roma sobre Cartago y, como no, con la pérdida de los escritos cartagineses. Una visión tan negativa de aquel pueblo no fue compartida por otros autores de la Antigüedad como Heródoto, Tucídides, Eratóstenes o el mismo Aristóteles, y parece hoy ciertamente exagerada. Pero finalmente los romanos, que la tomaron de los griegos, impusieron su propio punto de vista, ayudados por sus victorias en el campo de batalla.

En muchas ocasiones vemos a las gentes de Cartago a través del estereotipo de comerciantes taimados, a los que solo mueve el afán de lucro. No sólo la opinión pública comparte este tópico, sino que muchos estudiosos del tema, y otros intelectuales, lo han hecho suyo sin el menor reparo. Citemos como ejemplo célebre a Chateaubriand, quien dice lo siguiente de los cartagineses:

"Sus principios militares se diferenciaban también esencialmente de los que dominaban en su siglo. Aquellos comerciantes africanos, encerrados en sus despachos, encomendaban a ciertas tropas mercenarias el cuidado de defender la patria. Compraban la sangre a precio de oro, adquirido con el sudor de la frente de sus esclavos, y de este modo convertían en provecho propio el furor y la imbecilidad de la raza humana.
Más lo que distinguía particularmente a los habitantes de las tierras púnicas, era su carácter mercantil. Ya habían enviado colonias a España. a Cerdeña a Sicilia y a lo largo de las costas del continente de Africa, cuya vasta circunferencia se habían atrevido a medir y hasta se habían aventurado a penetrar en el borrascoso mar de las Galias, descubriendo las islas Casitérides. A pesar del imperfecto estado de la navegación, la avaricia, más poderosa que las invenciones humanas, les había servido de brújula en los desiertos del océano".
(Historia de la revoluciones antiguas, Buenos Aires, 1945, p. 82).

Al igual que otros antes y después que él, Chateaubriand ha escuchado la voz de Roma y la de los enemigos de los cartagineses, sin prestar atención a quienes protagonizan su relato. No podía ser de otra forma, porque la voz de Cartago había sido silenciada para siempre. Lo que ha sido descrito como el “gran naufragio histórico de la literatura cartaginesa”, que implica el de su historia, contada casi siempre por sus rivales, nos impide conocer su punto de vista. Por eso la mayor parte de la gente no es responsable de muchos de estos estereotipos.

Tampoco toda la responsabilidad es de los autores antiguos y de sus particulares puntos de vista. Como ha puesto de relieve V. Krings, una serie de episodios locales, que unas veces ocurren en el N. de Africa, como el del espartano Dorio y su frustrado intento de fundar una colonia en la Sirte, el de Pentatlo en la Sicilia occidental, o el de Alalia, frente a las costas de Córcega, han sido redimensionados por la historiografía moderna atribuyéndoles un alcance que los textos antiguos no les conceden en momento alguno.

Sirvan como colofón estas palabras del gran historiador actual de Cartago W. Huss:

"Sin embargo, seguramente eran infundados los reproches generalizados y amplificados que griegos y romanos dirigían a los púnicos. Por lo demás, de los testimonios epigráficos y arqueológicos procedentes de Cartago hay que deducir que los valores de justicia, fraternidad, sentido familiar y religiosidad alcanzaron en la vida de este pueblo elevadas cotas"  (Los cartagineses, Madrid 1993, p. 32).

BIBLIOGRAFÍA

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